La mansión estaba sumida en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el tictac rítmico de un reloj de pared que parecía contar los segundos para una ejecución. Jasper permanecía hundido en el sofá de cuero negro, con la mirada perdida en las brasas agonizantes de la chimenea. A su lado, una copa de cristal fino contenía un whisky que no se molestaba en beber; su mente estaba en otra parte, meses atrás, en el suelo frío de un club nocturno.
Todavía podía sentir el sabor metálico de la sangre