No abrí los ojos de inmediato.
Las palabras de Damián seguían suspendidas en el aire, pesadas, como si el silencio no supiera dónde colocarlas. Sentía su respiración, el leve movimiento de su pecho, el vaivén pausado de su mano en mi cabello. Todo seguía igual… y, sin embargo, nada lo estaba.
—A mí… eso me bastaba.
Esa frase me atravesó con una lentitud cruel.
Tragué saliva. Mi pecho subía y bajaba con cuidado, como si temiera que un movimiento brusco pudiera romper algo invisible. No sabía qué