La alerta saltó en los servidores centrales de la familia Holt a las tres de la madrugada, un ping discreto pero insistente que recorrió la red de vigilancia que habían tejido durante décadas, un sistema que monitoreaba no solo sus propios movimientos sino cualquier búsqueda externa que tocara nombres clave, propiedades o rostros asociados a la dinastía. El registro provenía de un nodo clandestino, un informático de bajo perfil que había hurgado en bases de datos protegidas, restaurando una gra