La alerta saltó en los servidores centrales de la familia Holt a las tres de la madrugada, un ping discreto pero insistente que recorrió la red de vigilancia que habían tejido durante décadas, un sistema que monitoreaba no solo sus propios movimientos sino cualquier búsqueda externa que tocara nombres clave, propiedades o rostros asociados a la dinastía. El registro provenía de un nodo clandestino, un informático de bajo perfil que había hurgado en bases de datos protegidas, restaurando una grabación borrosa de una carretera secundaria en las montañas, y el rostro que había emergido era inconfundible: Drex Holt, el menor de los hermanos, el que siempre había sido el más reservado, el que se movía en las sombras sin dejar rastro público.
El más anónimo de toda la familia. De hecho, su rostro era justo el más conocido por eso, por nunca aparecer en público o participar en cuestiones familiares y empresariales públicas.
La familia Holt no era solo una dinastía empresarial y política; con