Estaba en la sala de conferencias del hospital Holt.
Harlan Holt se sentaba al frente, sus manos grandes entrelazadas sobre la superficie, los nudillos blancos por la tensión contenida.
Frente a él, los especialistas convocados, el doctor Kessler de Berlín, la doctora Moreau de la Clínica Mayo, y el profesor Liang Wei de Ginebra, se acomodaban con carpetas y tabletas en mano.
Nadie hablaba hasta que Kessler carraspeó, rompiendo el silencio.
—Señor Holt —comenzó Kessler, su acento alemán cortant