Narrado por Brienna
El rugido de Lucan aún vibraba en el aire, un sonido que me erizó la piel de los brazos y me dejó el estómago revuelto, como si el suelo mismo se hubiera abierto bajo mis pies.
Estaba tendida en la nieve, con el peso del beta todavía fresco en mi memoria, su cuerpo sobre el mío, su insistencia que me había hecho llorar de pura impotencia, y ahora todo eso se desvanecía en el caos que acababa de estallar.
Oí los gritos primero, agudos y entrecortados, como si alguien estuviera luchando por cada aliento: el beta, soltando maldiciones que se perdían en el viento, sus pies crujiendo sobre la nieve mientras huía, tropezando con raíces ocultas y ramas bajas.
No lo vi irse, pero lo imaginé, el pánico en su rostro ancho, el cabello castaño revuelto pegado a la frente por el sudor y la nieve derretida. Corría como si el diablo lo persiguiera, y en cierto modo lo hacía, porque los rugidos que le seguían eran de Lucan, guturales y salvajes, un alfa en plena caza que hacía que