Narrado por Brienna
Sentí mi cuerpo recostado contra algo cálido, sólido, que me envolvía sin apretar demasiado, como si estuviera hecho para cargarme sin esfuerzo.
Unas manos grandes me sujetaban por los muslos, firmes pero no bruscas, manteniéndome en su lugar mientras avanzábamos, aunque yo no sabía hacia dónde ni sobre qué. El movimiento era constante, un balanceo que me mecía, y por un segundo me pareció que todo estaba bien, que el calor que emanaba de ese cuerpo ajeno era lo único que importaba. Pero entonces el golpe en la cabeza empezó a doler de verdad, un latido sordo que se extendía desde la sien hasta la nuca, como si alguien me hubiera dado con una piedra y ahora el eco me recordara lo tonta que había sido al correr así, sola, en la tormenta.
Intenté ignorarlo, porque no era nada comparado con la necesidad que me quemaba por dentro, esa urgencia en el vientre que subía y bajaba como olas, haciendo que mis músculos se contrajeran sin mi permiso, que el calor entre las pie