Luego de recibir esas palabras que aún ardían dulces en mi pecho, y ese masaje lento, casi reverencial, con el bloqueador de aroma cítrico y cedros —como si su piel se hubiera fundido con la fragancia— sentí que mi cuerpo se rendía por completo.
El sol comenzaba a descender, suavizando los bordes del paisaje con un dorado tenue. Adrien permanecía a mi lado, con los ojos entrecerrados, como si soñara despierto. Yo fingía dormir también, pero mi mente no se había rendido.
No eran sus caricias lo