Mundo ficciónIniciar sesiónFarah
El silencio que siguió al tono de espera fue una tortura que me trituraba los nervios. Me hundí en el colchón de la suite, sintiendo cómo las paredes de la mansión Grimaldi se estrechaban a mi alrededor como una celda de lujo. La imagen de Alaric en el estudio, protegiendo esa caja de madera contra su pecho como si fuera un pedazo de su propia alma sangrante, se repetía en mi mente como una película de terror, quemando cualquier rastro de la tranquilidad que creía haber ganado en el patio.
—¿Farah? —la voz de Alina finalmente rompió el vacío desde el altavoz. Sonaba un poco somnolienta, pero se espabiló de golpe al notar mi respiración agitada—. Son casi las diez de la noche, mujer. ¿Qué pasa? ¿El "Iceberg" finalmente se derritió y te inundó la habitación?
Cerré los ojos con fuerza, apretando el teléfono contra mi oreja con los nudillos blancos.
—Alina, no estoy para bromas —siseé, intentando que mi voz no temblara—. Necesito que hagas memoria. Necesito que me cuentes todo lo que sepas sobre el pasado de Alaric antes de que se convirtiera en este bloque de mármol.
Hubo una pausa pesada al otro lado de la línea. El ruido de unas sábanas moviéndose indicó que Alina se estaba sentando en la cama, poniéndose en modo de alerta máxima.
—Eso es un territorio muy oscuro, Farah. ¿Por qué me pides esto ahora? ¿Te hizo algo?
—Me dijo que solo soy una invitada por contrato —respondí, y admitirlo en voz alta me dolió mil veces más que habérselo escuchado a él en el estudio—. Pero hace un momento, en su estudio personal, vi algo. Una reacción que no encaja para nada con el monstruo frío que finge ser. Se volvió loco por una simple caja de madera, como si guardara un tesoro... o un cadáver. Y antes de eso... esa forma en que me mira a veces. Alina, siento que cuando sus ojos están sobre mí, no me está mirando a mí. Siento que está buscando el fantasma de alguien que estuvo aquí antes.
Alina soltó un suspiro largo, de esos que cargan con años de rumores acumulados en los pasillos de la facultad y en los cócteles de la élite.
—Sweeny Fox —dijo Alina. El nombre cayó como una piedra de tonelada en un pozo profundo.
Un escalofrío helado me corrió por la espina dorsal. Ese era el nombre que había estado rondando en la periferia de mis sospechas desde que entré a este círculo.
—Cuéntame todo —exigí, sintiendo una opresión feroz en el pecho—. Cómo se conocieron, qué pasó... no te guardes absolutamente nada.
—Está bien, pero prepárate —me advirtió Alina, bajando el tono de voz como si alguien pudiera estar escuchándonos a través de las paredes—. Alaric no siempre fue este titán de las finanzas desprovisto de emociones. Cuando estaba en la universidad, en los últimos años del doctorado, era... diferente. Seguía siendo brillante, el mejor de su clase, pero tenía fuego. Y ese fuego tenía nombre: Sweeny.
Escuchaba con el corazón martilleándome en la garganta. Me imaginé a un Alaric más joven, quizás con la misma mirada intensa, pero sin esa capa de escarcha infranqueable que ahora lo cubría todo.
—Se conocieron en un seminario de alta dirección —continuó Alina—. Fue un choque térmico. Sweeny Fox no era una chica cualquiera; era la heredera de un imperio logístico en Londres, con conexiones que hacían que los Grimaldi parecieran principiantes. Pero más allá del dinero, eran dos mentes gemelas. Ella era tan inteligente como él, tan ambiciosa, tan... perfecta. Eran la pareja de oro. En la facultad se decía que si esos dos se casaban, terminarían comprando el mundo entero.
—¿Qué pasó entonces? —pregunté, apretando la sábana de seda con mi mano libre hasta que me dolieron los dedos.
—Lo que pasa cuando dos potencias chocan —respondió Alina con un matiz de tristeza genuina—. Se amaban de una forma obsesiva que daba miedo. Pero Sweeny era volátil. Un día, sin previo aviso, justo antes de que Alaric presentara su tesis principal, ella desapareció. Sin despedida, sin una nota. Solo un vacío de la noche a la mañana. Algunos dicen que su familia la obligó a volver a Inglaterra para un matrimonio pactado; otros dicen que ella se asustó de lo mucho que Alaric la controlaba con su intensidad. El punto es que lo dejó destruido en el momento más vulnerable de su vida.
Me quedé en absoluto silencio. Ahora entendía la caja. Ahora entendía el aura de mausoleo de su estudio privado.
—Él se volvió loco, Farah —añadió Alina—. Pasó meses buscando respuestas, descuidó sus empresas, casi pierde todo lo que había construido. Cuando finalmente emergió de ese hoyo, ya no era el mismo hombre. Se puso esa máscara de hierro y decidió que jamás nadie volvería a tener el poder de romperlo así. Se convirtió en el tipo que conociste en el bar: alguien que solo entiende de contratos, porque los contratos son seguros y no pueden romperte el corazón.
—Pero hay algo más, ¿verdad? —pregunté, con la voz ahogada en un susurro—. Por eso te pusiste tan rara el día que te dije que firmaría ese acuerdo con él.
Alina tardó unos segundos en responder. Se escuchó el tecleo frenético de su computadora al otro lado de la línea.
—Mira tu W******p, Farah. Acabo de encontrar una foto de la gala de la facultad de 2018. Está oculta en los archivos de la revista universitaria.
Alejé el teléfono de mi oreja y abrí la aplicación con los dedos entumecidos. La imagen tardó unos segundos en cargar por la baja señal. Cuando finalmente se hizo nítida, sentí que el aire se me escapaba violentamente de los pulmones.
En la foto, Alaric estaba de espaldas, pero su porte erguido e imponente era inconfundible. Frente a él, sosteniendo una copa de champán y riendo con una elegancia natural, estaba Sweeny Fox. Tenía el cabello del mismo tono oscuro y denso que el mío. Tenía la misma inclinación del cuello cuando escuchaba algo con atención. Pero lo más aterrador eran los ojos: Sweeny tenía esa misma mirada almendrada y desafiante, esa misma expresión de "puedo descifrar tu modelo económico en diez segundos".
No era un parecido vago. Era una simetría aterradora. Era como si yo fuera una réplica exacta de la mujer que había devastado a Alaric Grimaldi.
—Se parece a mí —logré articular, con la voz rota por un nudo de bilis.
—No se parece a ti, Farah —me corrigió Alina con una severidad que me heló la sangre—. Tú te pareces a ella. Al menos, eres lo suficientemente idéntica como para que Alaric sintiera esa sacudida cuando te vio en el bar. ¿No te parece demasiada casualidad? Él no buscó a cualquier estudiante de doctorado brillante. Te buscó a ti.
Las lágrimas de frustración y despecho comenzaron a nublarme la vista. Me sentí como un peón, una herramienta, una pieza de repuesto seleccionada con precisión quirúrgica para llenar un vacío en un tablero de ajedrez que yo no había diseñado.
—¿Crees que me eligió solo por eso? —pregunté, sintiéndome dolorosamente sola en esa inmensa mansión—. ¿Crees que todo esto... el apoyo con mi tesis, la protección contra la basura de Elian... es solo porque le recuerdo a su fracaso más grande?
—No lo sé, amiga —dijo Alina, soltando un pesado suspiro—. Pero piénsalo fríamente. Alaric Grimaldi no regala nada. Si te está ayudando a ser "independiente" y a terminar tu doctorado, quizás solo está intentando reescribir su propia historia. Quizás quiere ver si esta vez, con una mujer que se parece a ella pero que depende de su contrato, el final puede ser diferente. Quiere tener el control que Sweeny le quitó de las manos.
La náusea me revolvió el estómago. La idea de que mi intelecto, mi esfuerzo nocturno, mis sacrificios y mi propia identidad fueran solo un disfraz para el fantasma de otra mujer me resultaba insoportable.
—Tengo que colgar, Alina. Necesito pensar.
—Farah, escucha —intervino su amiga antes de que cortara—. No dejes que esto te destruya. Eres mil veces más que un reflejo. Si ese tipo te está usando para sanar sus heridas del pasado, úsalo tú a él para terminar tu carrera y lárgate de ahí antes de que el hielo te alcance. Ten mucho cuidado. Ese hombre no guarda amor en esa caja; guarda una obsesión.
Corté la llamada de golpe. El silencio de la habitación volvió a caer sobre mí con un peso ensordecedor. Me quedé clavada en la pantalla del celular, mirando la fotografía de la gala hasta que la luz se apagó, dejándome a oscuras.
¿Era eso Alaric? ¿Un hombre atrapado en un bucle mental enfermizo, intentando reparar su pasado usando a una mujer que no tenía idea del guión que estaba interpretando?
Me levanté de la cama con las piernas temblorosas y caminé hacia el espejo del tocador. Me miré fijamente en el cristal, buscando mis propios rasgos, intentando convencerse a mí misma de que esta mandíbula firme y estos ojos analíticos eran míos y de nadie más. Pero la duda venenosa ya estaba sembrada. Cada palabra de aliento de Alaric, cada vez que citaba mis artículos con orgullo, cada vez que me defendía... ¿era para Farah Bourne o para el fantasma de Sweeny Fox?
Justo cuando iba a apagar la lámpara para intentar dormir, el crujido de la madera en el pasillo me congeló. Escuché unos pasos pesados y lentos que se detuvieron exactamente frente a mi puerta.
Contuve la respiración. El corazón me martilleaba contra las costillas con una violencia salvaje. Vi la sombra oscura de los zapatos de Alaric proyectada bajo la rendija inferior. Él estaba allí, parado en medio de la penumbra, sin llamar, sin decir una sola palabra, sin moverse. Solo... presente.
¿Estás mirándome a mí a través de la madera, Alaric?, pensé con una mezcla ardiente de miedo y rabia desbordante. ¿O estás esperando que ella sea la que abra la puerta?
El pomo de latón no giró. Después de lo que parecieron siglos de una tensión insoportable, los pasos se alejaron lentamente hacia el otro extremo de la mansión. Me dejé caer sobre las cobijas, temblando de rabia y desamparo. Tenía la historia de Alina, tenía la foto en mi teléfono, pero ahora me ahogaba en mil preguntas que solo una persona en este mundo podía responder. Y esa persona era la misma que acababa de recordarme en el estudio que, en esta casa, yo no era más que una invitada por contrato.







