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Capítulo 14: Deudas y mentiras piadosas

Farah

Unos golpes secos en la puerta me sacaron de mi trance. Di un respingo, casi dejando caer el teléfono donde la foto de Sweeny Fox aún brillaba con una claridad acusadora. Con el corazón martilleando contra mis costillas, bloqueé la pantalla, me alisé la bata de seda con manos temblorosas y abrí.

Se me cortó el aliento.

Frente a mí no estaba el magnate de trajes de tres piezas, el hombre blindado por telas italianas y una actitud de superioridad aplastante. No. Alaric vestía unos pantalones de lino y una camiseta de punto oscuro que se ajustaba a su torso con una obviedad insultante, revelando una estructura física que yo siempre había intuido bajo los sacos, pero que ahora se presentaba sin filtros. Se veía relajado, casi joven, con el cabello ligeramente revuelto como si se hubiera pasado las manos por él con frustración.

Al ver mi cara de absoluta estupefacción, Alaric arqueó una ceja y dejó escapar una media sonrisa cargada de ironía. Ese gesto, tan suyo, fue lo único que me devolvió a la realidad.

—¿Qué pasa, Bourne? Hoy no has bebido, ¿verdad? Pareces haber visto a un aparecido —soltó él, y su voz, más baja de lo habitual, vibró en el aire del pasillo.

Tragué saliva, tratando de que mi cerebro procesara la imagen del hombre frente a mí y no la de la chica de la foto que acababa de ver. El contraste era demasiado fuerte. ¿Cómo podía este hombre, que parecía tan real en su camiseta de punto, ser el mismo que guardaba una caja de madera como un santuario de dolor?

—Solo... no estoy acostumbrada a verte vestido como un ser humano normal —reformulé, recuperando mi rapidez mental a duras penas.

Alaric soltó un bufido corto, una risa seca que no llegó a sus ojos grises, y me tendió el teléfono que yo había dejado olvidado en el estudio durante mi huida precipitada.

—Guarda mi número privado —ordenó con su habitual tono de mando, ese que no admitía réplicas—. A partir de ahora, llámame directamente. No quiero que estés rondando por el pasillo buscando excusas para llamar a mi puerta a medianoche. Así nos comunicaremos mejor y mantendremos la... eficiencia.

Tomé el aparato, y al hacerlo, mis dedos rozaron los suyos. La descarga eléctrica fue inmediata, un chispazo que me recorrió el brazo y se instaló en la base de mi columna. Retiré la mano rápidamente, como si me hubiera quemado, pero la sensación de su piel cálida permaneció allí, marcada a fuego.

—Eficiencia. Claro —murmuré mientras guardaba el contacto, evitando mirarlo a los ojos—. Porque todo en tu vida se resume a una métrica de rendimiento, ¿no, Grimaldi?

—Es lo que mantiene el mundo girando, Farah —respondió él. Se apoyó en el marco de la puerta, una postura inusualmente informal que lo hacía parecer más accesible y, por lo tanto, más temible—. Mañana vuelve el ama de llaves. Si quieres algo específico para desayunar o cenar, pídeselo. Excepto los fines de semana, solo desayuno en casa. No tienes que esconderte como un ratón en tu habitación; puedes usar la casa. No te voy a cobrar alquiler por el uso de la biblioteca.

—No soy un ratón, Grimaldi. Solo soy respetuosa con el espacio ajeno —respondí con un brillo desafiante, recuperando mi orgullo—. Especialmente con los espacios que tienen cerraduras tan... complejas.

La mandíbula de Alaric se tensó por un milisegundo. Supe que él sabía que me refería al cajón de la caja de madera. El silencio se estiró entre los dos, cargado de todo lo que nos callábamos. Me observó con una intensidad que hizo que se me olvidara cómo respirar; era una mirada de reconocimiento, de búsqueda, como si intentara descifrar si yo era realmente quien decía ser o si solo era un espejismo más en su vida.

—Ya —dijo él finalmente, su voz apenas un susurro rasgado—. Buenas noches, Farah.

Se giró y se alejó por el pasillo con paso firme. Cerré la puerta y me apoyé contra la madera, exhalando un aire que no sabía que estaba reteniendo. Mis pensamientos eran un caos absoluto. Estaba la Sweeny de la foto, estaba el Alaric de la camiseta de punto, y estaba el vacío legal y emocional en el que me encontraba atrapada.

Poco después de que Alaric se fuera, el teléfono vibró en mi mano. Al ver el nombre en la pantalla, el corazón me dio un vuelco de angustia. Era mi madre.

—¿Cómo está Elian, hija? —preguntó con una voz esperanzada que me rompió el alma—. Tu padre y yo estábamos pensando en invitarlo a cenar cuando regresen.

Suspiré, sintiendo el peso de la realidad aplastándome contra el suelo.

—Mamá, rompimos. Elian no es quien pensábamos. Es... es mejor así. No quiero hablar de él ahora.

—¡Oh, cielo! Pero... —la voz de mi madre cambió, volviéndose confusa, casi temerosa—. Entonces no entiendo. Tu padre recibió un aviso hoy. Todas las deudas bancarias han sido saldadas, Farah. Hasta el último centavo de la hipoteca de la parcela en el sur. Pensamos que Elian finalmente se había hecho responsable, que era su forma de pedir perdón.

Me quedé helada, sintiendo que el mundo se detenía a mi alrededor.

Alaric.

Él lo había hecho. Sin cámaras, sin testigos, sin usarlo como moneda de cambio en nuestras discusiones sarcásticas. Había pagado las deudas de mi familia sin decirme una sola palabra, actuando con una generosidad silenciosa que sus palabras ácidas siempre intentaban ocultar bajo capas de cinismo.

—No fue él, mamá —me inventé rápidamente, tratando de sonar convincente mientras las lágrimas de una gratitud confusa me escocían en los ojos—. Recibí los ingresos de un proyecto de investigación muy importante de la facultad, una beca internacional de la que no les había hablado para no darles falsas esperanzas... Y, para ahorrar intereses, mi tutor me adelantó el resto del dinero. Es una inversión en mi futuro, mamá. Díselo a papá. Estamos limpios.

Mi madre, aliviada y llorando de alegría, no sospechó nada. Al colgar, sentí que el suelo se movía bajo mis pies. Alaric me estaba salvando de la ruina, le estaba devolviendo la paz a mis padres, pero cada acción suya me ataba más profundamente a él. Ya no era solo un contrato de matrimonio falso; era una deuda de honor, una cadena de oro que él me había puesto en el cuello sin que yo me diera cuenta.

¿Lo hacía por mí? ¿O lo hacía por la culpa que sentía al usarme como un reemplazo de Sweeny?

Con los materiales y la guía que Alaric me había dado en el estudio, trabajé con una energía renovada, casi frenética. Necesitaba demostrarme a mí misma que valía esa inversión, que mi cerebro era real aunque mi matrimonio fuera una farsa. Resolví en dos horas lo que me habría tomado días. La claridad mental que Alaric me había proporcionado con esos libros era asombrosa; él conocía mi tesis mejor que mi propio tutor.

Canturreaba en voz baja mientras me preparaba para dormir, tratando de aferrarme a esa pequeña victoria profesional para no pensar en el resto. Pero antes de apagar la luz, la curiosidad —esa curiosidad que Alina había alimentado con una sola foto— pudo más que yo.

Usé el número privado de Alaric para buscar sus perfiles en redes sociales. Esperaba encontrar algo, lo que fuera. Fotos de fiestas en yates, de modelos internacionales, o quizás algún rastro borroso de su pasado con Sweeny Fox que confirmara mis peores temores.

Pero no había nada.

La cuenta de Alaric era un desierto de profesionalismo absoluto. Solo seguía a una cuenta, la oficial de la facultad de finanzas. No había fotos personales, ni etiquetas de amigos, ni una sola publicación anterior a 2019. Era como si el hombre hubiera nacido el día que empezó su imperio, borrando sistemáticamente todo lo que hubo antes. Todo lo que Sweeny Fox se había llevado con ella a Londres.

Dejé el teléfono en la mesilla de noche, sintiéndome extrañamente vacía. Alaric era un hombre sin pasado público, alguien que prefería vivir en una mansión llena de ecos que permitir que el mundo viera una sola grieta en su armadura.

De pronto, un mensaje iluminó la pantalla de mi móvil en la oscuridad. El corazón me saltó al pecho.

Alaric: El jueves a las 19:00 iremos a cenar a casa de mi abuela. Allí estará toda mi familia. Luego mi asistente te enviará sus datos y los perfiles de los asistentes.

Leí el mensaje dos veces, sintiendo que el aire se enfriaba a mi alrededor. Toda la familia. Eso significaba que la farsa iba a pasar de una anciana cariñosa a un nido de víboras corporativas. Personas que seguramente conocieron a Sweeny. Personas que me mirarían a la cara y verían la sombra del fantasma que Alaric intentaba sepultar.

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