Mundo ficciónIniciar sesiónAlaric
El aire en el patio se volvió denso, sofocante. La presión de mis manos todavía quemaba en la piel de sus muslos, y su aroma a limpio mezclado con mi propio café me envolvía como un callejón sin salida. No era la cercanía helada de dos socios ejecutando una maniobra; era el recuerdo vivo, brutal y sangriento de la noche en el bar. La piel contra la piel que ambos intentábamos sepultar bajo el peso de cláusulas legales y miradas profesionales.
—Tengo... tengo que revisar unos gráficos —balbuceó Farah, soltándose de mi agarre con un tirón seco.
Huyó hacia el interior de la casa sin mirar atrás, dejándome allí solo, con el pulso desbocado y la mandíbula apretada. Cuando la puerta se cerró, me quedé mirando la escalera de metal con la respiración contenida, maldiciéndome en silencio por haber aflojado la guardia. Por primera vez en años, la presencia de alguien en mi espacio no se sentía como un cálculo de riesgo, sino como un terremoto interno que amenazaba con derrumbar mis cimientos.
Intenté enfocarme el resto de la tarde, pero mi mente volvía una y otra vez a la calidez de su cuerpo contra el mío. A eso de las siete de la tarde, me encerré en mi estudio personal, buscando la soledad helada de mis libros y archivos corporativos para apagar el incendio.
La mansión estaba sumida en un silencio sepulcral. De pronto, la puerta de madera del estudio se abrió ligeramente sin ruido. Era ella. Caminó por el pasillo de las estanterías en silencio, creyendo que no la escuchaba. La luz dorada del atardecer filtrada por los ventanales le daba a las molduras oscuras un aire casi sagrado mientras su silueta se movía entre los tomos.
Observé cómo localizaba un libro de mercados emergentes en una balda superior. Pero al tirar del lomo, su mano rozó sin querer la caja de madera tallada que descansaba justo al borde de la repisa.
El tiempo se congeló. Mi sangre se volvió hielo puro al ver el balanceo del objeto.
Farah soltó un jadeo de espanto y estiró los brazos, pero la caja era demasiado pesada para sus reflejos. Antes de que el cofre tocara el suelo y se hiciera pedazos en el parquet, crucé la distancia entre los dos con una velocidad animal, atrapando la madera en el aire justo a milímetros del impacto. El golpe seco contra mis palmas retumbó en las paredes de la habitación como un disparo.
El Alaric racional y paciente de la cocina murió en ese instante. Me enderecé de golpe, sintiendo cómo una furia fría y ciega me petrificaba las facciones. Mis ojos se clavaron en los suyos como dos hojas de afeitar.
—¿En tu facultad no enseñan lo que es la privacidad? —solté, y mi voz rasgó el silencio como un latigazo cortante. Entrar aquí sin permiso es pasarse de la raya, incluso para alguien con tus modales.
Farah se quedó helada, dando un paso atrás. La palidez de su rostro me indicó que mis palabras le habían dolido en un lugar donde no lo esperaba, pero el pánico de mi propio pasado me impedía matizar el golpe.
—Buscaba los libros que me dijiste... La caja se resbaló, fue un accidente —intentó justificarse, con la voz temblorosa.
—No me importa —la corté de raíz, apretando la caja contra mi pecho con tanta fuerza que las articulaciones de mis dedos me dolieron hasta ponerse blancas—. Hay cosas aquí que tu mente racional, tan ocupada con los títulos, no sabría entender. Ten un poco de decencia y no toques lo que no es tuyo. Eres una invitada por contrato, Bourne, no la dueña de la casa.
Ella se guardó sus argumentos y se quedó callada, mirándome no con rabia, sino con una fijación analítica que me desnudó. Me di cuenta tarde de la imagen que le estaba ofreciendo: me temblaban levemente los nudillos y el aire no me llegaba a los pulmones. Estaba protegiendo esa caja como si dentro guardara mi propio corazón palpando sangriento. Debajo de mi sarcasmo y mi armadura, me había vuelto transparente, vulnerable... asustado.
Giré sobre mis talones para darle la espalda. Guardé la caja en el cajón inferior del escritorio, giré la llave de latón con un chasquido definitivo y me la metí en el bolsillo del pantalón sin volver a mirarla. El silencio que siguió fue denso, cargado de una tensión eléctrica que amenazaba con asfixiarnos a ambos.
Sin decir una sola palabra más, me acerqué a la estantería, tomé tres tomos de referencia y se los puse en las manos con un movimiento seco, evitando el menor contacto con sus dedos.
—Aquí tienes —dije, forzando a mi voz a recuperar el tono distante y frío de las juntas de accionistas—. Intenta no romper nada más antes de salir.
Farah apretó los libros contra su pecho, mirándome con la garganta apretada. Noté cómo sus labios se entreabrían, dudando sobre si presionar para averiguar qué fantasma me mantenía encadenado a ese pedazo de madera, pero terminó mordiéndose la lengua. La forma en que había abrazado la caja contra mi torso me había delatado: le había mostrado que vivía encadenado a un recuerdo que no pensaba compartir con nadie.
Evité sostenerle la mirada mientras me concentraba en cerrar las carpetas del escritorio. Sentí cómo el espacio que habíamos acortado a tientas en el patio se convertía de nuevo en una grieta insalvable.
Abrí la boca para matizar la crudeza de mis palabras o para exigirle que se fuera de una vez, pero el teléfono de la línea privada del escritorio comenzó a sonar con una insistencia agresiva. Parpadeé, sacudiendo la cabeza para sacudirme la parálisis, y levanté el auricular. El instante se rompió definitivamente.
Farah salió del estudio en absoluto silencio, con el peso de los tomos hundiéndole los brazos. Me quedé solo en la penumbra de la sala, escuchando la voz de mi interlocutor al otro lado de la línea sin procesar una sola palabra de lo que me decía, con la mirada fija en el cajón cerrado con llave.
Le había recordado que solo era una invitada por contrato, pero el dolor punzante en mi propio pecho me decía que, si no marcaba esa distancia de inmediato, la que terminaría adueñándose de la casa —y de mí— sería ella.







