Dante Salvatore Valcárcel
El mar se traga su nombre, lo grito una vez, dos, diez. No sé cuántas.
—¡Alessia!
Mi voz se rompe contra el muelle, contra la lluvia salada, contra el humo blanco que sigue saliendo de la bodega como si el infierno hubiera decidido abrir una boca bajo el puerto.
Ella ya no está, la vi. La vi desaparecer.
Vi las manos arrancándola de mi alcance. Vi su cuerpo perder fuerza. Vi sus ojos buscándome antes de cerrarse. Vi el maldito anillo en la mano del hombre que se inclin