Dante Salvatore Valcárcel
Uno, luego otro, no son estrellas, son señales, me quedo inmóvil. Alessia también lo nota.
—¿Qué pasa?
Me aparto apenas, con la respiración rota y el cuerpo furioso por la interrupción.
Miro hacia el horizonte.
Tres luces rojas parpadean desde un barco que no debería estar ahí.
Rocco aparece en la terraza con el arma en la mano.
—Jefe.
—Lo veo.
Alessia baja del borde de piedra, acomodándose el vestido con manos temblorosas.
No de miedo.
De rabia.
—Dijiste que no era un