Dante Salvatore Valcárcel
Alessia da un paso. Luego otro. Sus manos suben a mi pecho.
—Hoy no quiero hablar de muerte.
—Bien.
—Ni de mi padre.
—Bien.
—Ni de Isadora.
—Excelente.
—Ni de tus hombres mirando desde las sombras.
Levanto la vista hacia un punto oscuro de la terraza inferior.
—Rocco, desaparece.
Desde lejos escucho un murmullo:
—Con gusto.
Alessia casi sonríe, pero no termina de hacerlo porque ya estoy demasiado cerca. Su perfume me entra en la sangre. Jazmín. Vino. Alessia.
—¿Y de qu