VERONICA
— ¡Ayuda! —exclamó la chica, agarrándome del brazo con una fuerza desesperada—. Por favor, ayúdame.
Su voz temblaba de miedo y su mirada era wild y desesperada. La observé con preocupación, notando las ojeras oscuras bajo sus ojos y la palidez de su piel.
La chica se acercó más a mí, su aliento cálido en mi oreja.
— Calma, calma —le dije, tratando de calmarla con un tono suave—. ¿Quién eres?
La chica se echó hacia atrás, su mirada escaneando la cocina como si buscara una salida. Su pec