KATIA VEGA
Decidí viajar sola. Tanto mi hermano como Rosa deseaban acompañarme, pero los rechacé. Sentí que era necesario que me enfrentara a esto por mí misma. Posé mi mano sobre mi vientre y me lamenté por lo que estaba a punto de hacer. Me dolía perderlo, me dolía renunciar a él.
—¿Señorita Vega? —preguntó la enfermera mostrándome una enorme sonrisa—. Ya puede pasar al consultorio.
Me recibió una doctora muy joven y de apariencia agradable. Me revisó con minuciosidad y le presenté el expedi