KATIA VEGA
—Piénsalo… —dijo Rosa mientras caminábamos entre las plantas de vid, recolectando las uvas maduras—. Con ese dinero podrías ir a un mejor lugar, más especializado.
—No quiero tocar ni un centavo… —contesté con amargura.
—¡Kat! ¡Por favor! ¡Es tu dinero! —exclamó deteniéndose y volteando hacia mí, desesperada por hacerme entender—. ¡Tú te lo ganaste con cada humillación y bofetada que ese desgraciado te dio! ¡Cada cosa mala que te hizo y tú aguantaste! ¿No te das cuenta? Puedes em