KATIA VEGA
—¡Sujétenla! —exclamó el doctor mientras yo me revolvía en la cama. Un par de hombres tuvieron que acercarse para tomarme de los hombros y presionar mis rodillas mientras el médico inyectaba el antibiótico en mi muslo—. Si sigues comportándote de esa manera, te tendré que poner un tubo de alimentación por la nariz.
El poco tiempo que llevaba secuestrada, me había rehusado a tomar pastillas o comer cualquier alimento. Por la fuerza tenían que alimentarme y empezaba a ser todo un probl