LISA GALINDO
—Vaya, por fin veo que te das prisa para vestirte… —dijo Antonio mientras se limpiaba los dientes con un palillo. Su actitud era cada vez más hostil, como si de pronto mi presencia no le resultara tan agradable como las otras veces.
Con un suave movimiento de sus cejas en coordinación con sus ojos, hizo que sus hombres nos escoltaran. Tenía que dejar a un lado mi tristeza y poner atención al recorrido. En cualquier oportunidad que tuviera, la aprovecharía para poder escapar con la