LISA GALINDO
Estaba más que furiosa. Después de cómo me había tratado lo único de lo que tenía ganas era de darle una buena patada y alejarme de él. No podía decir que lo odiaba, porque para que pudiera ser de esa manera, necesitaba dejar de amarlo, pero estaba segura de algo y era que me dolía; verlo, escucharlo y sentirlo tan cerca, solo me hacía recordar sus palabras hirientes y sus humillaciones, para alguien como yo que nunca se dejaba pisotear, era muy difícil poder fingir que no pasaba n