LISA GALINDO
En cuanto el auto se estacionó frente al enorme pórtico de la finca, me quedé maravillada por la arquitectura y los colores. A lo lejos se veían los viñedos, llenos de verdor. El lugar parecía un edén.
Los autos del resto de la producción llegaron a los pocos minutos, incluyendo a las modelos que participarían en la publicidad.
—¿No es hermoso? —preguntó Antonio viendo todo tan asombrado como yo.
—Sí, es… fantástico —contesté y de nuevo la incertidumbre me embargó—. ¿De quién es