Madison
La mañana era de un gris plomizo, como si el cielo se hubiera puesto de acuerdo con el vacío que sentía en mi pecho. No esperé a que Harrison viniera a buscarme. Empaqué mis pocas pertenencias en la misma maleta vieja con la que llegué. Las ropas costosas, las joyas y el estatus de los Sterling se quedaron colgados en el vestidor, como pieles muertas que ya no necesitaba.
Metí a Layka y a los cachorros en sus transportines. Mis manos temblaban, pero no por el frío, sino por la decis