Madison
La noche fue eterna. Me quedé en la cama escuchando el silencio opresivo del ático, sintiendo todavía en la yema de mi dedo la textura de su piel. No podía dejar de pensar en su reacción; Brandon no me había echado por odio, sino por un terror absoluto a ser aceptado. El rechazo era su zona de confort; la caricia, en cambio, era una amenaza.
Me quedé dormida a medias, hasta que un ruidito inquieto me despertó. Alargué la mano para buscar a los cachorros en su cesta junto a mi cama,