Stephen detuvo el automóvil frente a la imponente mansión familiar en Reykjavik. Una mezcla de asombro y admiración invadió a Anna mientras contemplaba aquella majestuosa residencia. La mansión se alzaba elegante y solemne, irradiando lujo y distinción. El aire fresco del atardecer envolvía el lugar con un toque de misterio, aumentando la emoción que crecía en el corazón de Anna.
Cuando ambos bajaron del coche, Anna notó la presencia de varias sirvientas impecablemente uniformadas esperándolos