Después de más de diez minutos de golpes, la puerta por fin se abrió y Anna salió con el ceño fruncido. —¿Quién me encerró ahí dentro? —gritó.
—Lo siento, señora. Solo pasaba por aquí cuando la ojé tocar; no tengo idea de quién puso seguro —respondió la criada que acababa de abrir.
Anna suspiró y movió la cabeza, arrepintiéndose al instante de haberle hablado de esa manera. —Está bien, perdóname por hablarte así. Gracias por abrir la puerta.
La criada asintió. —No hay problema, señora.
Annabel