—¿Es la llave de tu corazón? —bromeó ella, y Maxwell se echó a reír.
—No, mi amor... Esas ya las tienes tú —sonrió él.
—Entonces, ¿para qué son? —preguntó ella ansiosa, comiéndose las uñas de la impaciencia.
—Bueno, compré y renové tu antigua casa. Ahora está legalmente a tu nombre, ya que hice que firmaras los papeles hace un tiempo sin que te dieras cuenta. Eres libre de hacer lo que quieras con la propiedad —anunció.
A Anna se le cayó la mandíbula al suelo.
—¿Qué? —murmuró.
No lo podía creer