Mundo ficciónIniciar sesiónEl día de la entrevista amaneció gris, con un cielo cargado de nubes que no terminaban de decidir si iban a descargar la lluvia o solo amenazar con ella, como si el clima mismo hubiera decidido reflejar el estado de ánimo de nosotros en la casa entera.
Vestí a Leo con la ropa que habíamos elegido juntos la noche anterior, una camisa a cuadros que él mismo había señalado en el armario como "la de la buena suerte".
—¿Estoy bien? —preguntó, mirándose en el espejo del pasillo con una seriedad que me rompió un poco el corazón.
—Estás perfecto —le dije, y no mentía— Y recuerda, no hay respuestas correctas, solo tienes que ser tú mismo.
—¿Y si me pongo nervioso?
—Entonces respiras, como practicamos, y piensas en algo que te haga feliz.
Asintió, aunque no pareció del todo convencido.
Renato nos esperaba abajo, revisando su teléfono con una concentración que no lograba disimular los nervios.
Levantó la vista cuando nos escuchó bajar.
—Te ves muy elegante —le dijo, agachándose a su altura— ¿Listo para el gran día?
—Listo —respondió Leo, aunque el temblor en su voz decía otra cosa.
El trayecto hasta el juzgado transcurrió casi en silencio.
Yo iba en el asiento trasero, junto a Leo. En un semáforo, Leo rompió el silencio con una pregunta que no esperaba.
—¿Y si la doctora no me cree que somos felices?
Vi a Renato tensar las manos sobre el volante, y fui yo quien respondió, apretándole la mano a Leo con suavidad.
—No hace falta que te crea, cariño, solo hace falta que le digas la verdad. Y la verdad no necesita que nadie la crea para seguir siendo verdad.
Leo se quedó pensando en eso el resto del camino, con la mirada perdida.
El edificio del juzgado era más imponente de lo que recordaba.
Subimos en un ascensor estrecho, los tres apretados sin necesidad en un espacio que sobraba.
Una funcionaria nos recibió en la entrada y nos condujo hasta una sala de espera en el tercer piso, con paredes color crema y sillas de plástico alineadas contra la pared, tan impersonales como cualquier otro lugar, preparado para decidir el destino de las familias.
—La doctora los llamará en unos minutos —nos informó la funcionaria, antes de desaparecer por un pasillo lateral— Por favor, esperen aquí.
Leo se sentó entre los dos, con Peluso apretado contra el pecho, balanceando las piernas que todavía no le alcanzaban para tocar el suelo. Renato y yo quedamos a ambos lados, separados por la pequeña figura del niño, en un silencio que no era incómodo, pero tampoco resultaba fácil de sostener.
Los minutos pasaron con esa lentitud particular que solo tienen las salas de espera, donde el reloj de la pared parecía moverse más despacio que cualquier otro reloj del mundo.
Leo, aburrido, empezó a hacerle preguntas en susurros a Peluso, inventando una conversación entera entre el oso y una planta de plástico que decoraba la esquina de la sala, ajeno por completo a la tensión que se acumulaba entre los dos adultos que lo rodeaban.
Otras dos familias esperaban también en la misma sala, cada una encerrada en su propia burbuja de nervios, y no pude evitar preguntarme cuántas historias distintas, cuántos miedos parecidos al nuestro, se cruzaban a diario por esos pasillos sin que nadie afuera lo supiera nunca.
Miré de reojo a Renato, tenía la mandíbula apretada, la mirada fija en un punto indefinido de la pared frente a nosotros, y las manos entrelazadas sobre las rodillas con una fuerza que le blanqueaba los nudillos. Nunca lo había visto tan visiblemente nervioso, ni siquiera el día de la firma del contrato, ni la noche de la gala con su tío.
—Va a estar bien —le dije, en voz baja, casi sin pensarlo, más para tranquilizarlo a él, que para tranquilizarme a mí misma.
—Lo sé —respondió, sin apartar la vista de la pared— Es solo que... nunca antes había tenido tanto miedo de perder algo.
Las palabras se quedaron flotando entre nosotros, más pesadas de lo que él probablemente había pretendido. No supe si se refería solo a Leo, o si en algún rincón de esa frase también cabíamos Peluso, el centro, yo, todo lo que en las últimas semanas se había ido acomodando en su vida sin que él lo planeara.
Leo, ajeno a la conversación, se movió en el asiento para acomodar mejor al oso, y ese pequeño movimiento hizo que su cuerpo se recostara contra el mío, empujándome apenas hacia el lado de Renato, sentí el brazo de él rozar el mío, un contacto tan breve que quizás ni siquiera fue real, apenas la tela de nuestras mangas encontrándose por un instante antes de que ambos, casi por instinto, corrigiéramos la postura para volver a poner esa distancia prudente que llevábamos semanas cultivando sin proponérnoslo del todo.
Ninguno de los dos dijo nada, pero sentí, con una certeza que no supe de dónde venía, y que él también lo había notado, porque durante los segundos siguientes su respiración cambió apenas de ritmo, y sus dedos, todavía entrelazados sobre las rodillas, se aflojaron un poco, como si ese roce mínimo hubiera bastado para bajarle, aunque fuera un grado, la tensión acumulada en el cuerpo.
Volví a mirar al frente, fijando la vista en la misma pared que él observaba, preguntándome si estábamos empezando a compartir ese tipo de silencios que no necesitan llenarse con palabras, o si simplemente el miedo compartido por Leo nos estaba empujando el uno hacia el otro sin que ninguno de los dos tuviera del todo el control de la situación.
La puerta al final del pasillo se abrió sin previo aviso, y una mujer de mediana edad, con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa profesional bien entrenada, asomó la cabeza hacia la sala de espera.
—¿Leo? —preguntó, mirando la lista en su carpeta antes de posar los ojos en el niño— Soy la doctora Ibarra. ¿Vienes conmigo un momentito?
Sentí que el corazón me daba un vuelco, Leo levantó la vista hacia mí, luego hacia Renato, con Peluso todavía apretado contra el pecho y una expresión que oscilaba entre la curiosidad y el miedo.
—¿Vienen ustedes también? —preguntó, dirigiéndose a la doctora con una voz mucho más pequeña que la que había usado toda la mañana.
—Esta primera parte es solo para ti y para mí —respondió ella, con una amabilidad que no lograba del todo disimular la firmeza del protocolo— Tus papás te esperan aquí mismo, no van a irse a ningún lado.
La palabra "papás" quedó suspendida en el aire un segundo, y no supe si Renato la había escuchado con el mismo peso que yo, pero no hubo tiempo de pensarlo demasiado.
Me agaché para quedar a la altura de Leo, ajustándole el cuello de la camisa que ya estaba perfecto, solo para tener las manos ocupadas en algo.
—Vas a estar increíble —le susurré— Y cuando termines, vamos a comer helado, sin importar qué pase ahí adentro.
Leo asintió, se despidió de nosotros con un abrazo rápido y torpe, primero a mí, después, dudando apenas un instante, a Renato, y desapareció por la puerta de la mano de la doctora Ibarra, dejando a Peluso olvidado sobre la silla, como si en el último momento hubiera decidido que esta vez podía enfrentar las preguntas solo.
La puerta se cerró detrás de ellos con un chasquido seco que resonó en toda la sala.
Renato y yo nos quedamos ahí, de pie, mirando esa puerta cerrada sin saber qué hacer con nosotros mismos ni con el silencio que había quedado tras el paso de Leo.
Volvimos a sentarnos, esta vez más cerca el uno del otro de lo que habíamos estado antes, sin que ninguno de los dos lo comentara, con el oso de peluche entre nosotros como el único testigo mudo de lo que fuera que estuviera pasando al otro lado de esa puerta.
No teníamos manera de saber qué estaba diciendo Leo ahí dentro. Ni qué preguntas le estaban haciendo, ni cómo estaba respondiendo, ni si alguna de sus respuestas terminaría, sin que él lo supiera, decidiendo el futuro de todos nosotros.
Renato tomó a Peluso de la silla vacía y lo sostuvo torpemente entre las manos, sin saber muy bien qué hacer con él, como si el gesto de sostener algo, cualquier cosa, lo ayudara a sobrellevar la espera.
—¿Crees que le vaya bien? —me preguntó, en voz baja, sin apartar la vista del oso.
—Creo que le va a ir mejor que a cualquiera de los dos si estuviéramos en su lugar —respondí, con una media sonrisa que no logró aliviarle del todo la tensión de los hombros— Los niños son más valientes de lo que creemos.
Solo podíamos esperar y esperar, y descubrí en ese momento, que era más difícil que cualquier otra cosa que hubiéramos enfrentado juntos hasta ahora.







