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CAPÍTULO 7: A SU MANERA

Pasé la mañana entera dándole vueltas al asunto mientras ordenaba la cocina, mientras ayudaba a Leo a vestirse, mientras fingía revisar la lista de compras de la semana. 

Una parte de mí quería subir al despacho, abrir esa caja con mis propias manos y enfrentar de una vez lo que fuera que hubiera dentro. 

La otra parte, la que llevaba años aprendiendo a tener paciencia con heridas que no eran suyas, sabía que forzar las cosas nunca las sanaba más rápido. Solo las volvía más dolorosas.

El timbre sonó a media mañana, un sonido corto y seco que interrumpió el silbido despreocupado de Leo mientras armaba un rompecabezas en la alfombra. 

Fui a abrir, me encontré con Ernesto, el tío de Renato, parado en frente a la puerta, con un maletín de cuero bajo el brazo y una expresión que no presagiaba nada bueno.

—Necesito hablar con mi sobrino —dijo, sin más saludo que ese, empujando apenas la puerta con la confianza de quien se cree con derecho a entrar sin ser invitado.

—Está en su despacho —respondí, cerrándole el paso con el cuerpo — Voy a avisarle.

Ernesto me miró de arriba abajo, con esa mezcla de desprecio y curiosidad que ya me resultaba familiar en esta familia, no dijo nada más. Su silencio hablaba con la misma claridad que sus palabras.

Renato bajó antes de que yo le avisará, quizás porque  escuchó las voces, y se plantó entre su tío y yo con una tensión en los hombros que no le había visto desde el día de la boda.

—Ernesto, qué sorpresa.

—No lo es —respondió el hombre, entrando a la sala sin esperar invitación— Vine a decirte, cara a cara, que voy a presentarme ante el juez, con o sin tu permiso.

El aire de la habitación pareció volverse más denso. Leo, ajeno a la conversación de los adultos, seguía enfrascado en su rompecabezas, pero yo me acerqué instintivamente a él, con el cuerpo entero orientado a protegerlo de cualquier cosa que estuviera a punto de decirse en voz alta.

—No tienes nada que declarar —dijo Renato, con una calma que le costaba visiblemente sostener— No sabes nada que no sea especulación.

—Sé que tu matrimonio ocurrió en menos de un mes, sé que nadie en la familia te había oído mencionar a esta mujer antes de la boda. Y sé que un juez inteligente va a hacerse las mismas preguntas que me hago yo.

—Suficiente, tío.

Clara entró sin tocar, como si esa casa también le perteneciera a ella, con una expresión de control absoluto que contrastaba con el desconcierto de todos. 

Nadie la había llamado, nadie sabía cómo se había enterado de que Ernesto estaría ahí esa misma mañana.

—Clara —dijo Renato, con la guardia todavía en alto— Esto no te incumbe.

—Todo lo que afecte a Leo me incumbe —respondió ella, quitándose los guantes con una lentitud calculada— Y lo que mi tío está a punto de hacer podría arruinarlo todo, incluida mi propia posición.

Ernesto la miró con una mezcla de sorpresa y molestia.

—Pensé que estarías de mi lado en esto.

—Estoy de mi lado —dijo Clara, sin ningún tipo de disculpa en la voz— Y en este momento, tu plan de ir corriendo al juez con acusaciones que no puedes probar solo consigue una cosa, darle a Renato tiempo de sobra para prepararse, y a mí, ninguna ventaja.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Había algo en la manera en que Clara hablaba, tan fría, tan estratégica, que dejaba claro que su interés en Leo no tenía nada que ver con el cariño y todo que ver con el poder. 

No era la primera vez que la veía actuar así, pero sí la primera vez que la veía maniobrar con tanta seguridad delante de un adulto que, en teoría, debería haber sido su aliado natural.

—Entonces, ¿qué sugieres? —preguntó Ernesto, ya con menos convicción que al principio.

—Que te retires, que dejes que esto se maneje con inteligencia, no con impulsos, yo tengo mis propios contactos en el juzgado, mis propias formas de reunir pruebas. Lo tuyo, con todo respeto, tío, es demasiado ruidoso y fácil de desmontar.

Renato permaneció en silencio, observando a su hermana con una expresión que no supe descifrar del todo. Había en sus ojos algo parecido al alivio de que Ernesto se retirara, mezclado con una desconfianza mucho más profunda hacia lo que Clara acababa de insinuar sobre sus "propias formas" de actuar.

Ernesto dudó un momento más, mirando alternadamente a su sobrino y a su sobrina, como si sopesara cuál de los dos representaba menos peligro para sus propios intereses. 

Finalmente, con un gesto de resignación, se ajustó el maletín bajo el brazo.

—Está bien, lo dejo en tus manos, Clara. Pero espero resultados, no promesas.

—Los tendrás —respondió ella, sin ninguna vacilación.

Ernesto se marchó sin despedirse de mí ni de Leo, cerrando la puerta principal con una firmeza que hizo temblar apenas el cuadro colgado junto a la entrada. El silencio que dejó tras de sí fue casi tan pesado como su presencia.

Aproveché ese momento para acercarme a Leo, que había levantado la vista del rompecabezas, alertado por el ruido de la puerta.

—¿Todo bien? —preguntó, con esa capacidad tan suya de percibir cuando algo no encajaba en el ambiente de los adultos.

—Todo bien, cariño —le respondí, acariciándole el cabello— ¿Por qué no llevas a Peluso a la cocina y buscas las galletas que guardamos ayer? Yo voy en un momento.

Leo obedeció sin cuestionar, arrastrando a su oso de peluche fuera de la sala con la misma alegría con la que hacía todo, ajeno por completo a la tormenta que acababa de pasar sobre nuestras cabezas. 

Lo escuché tararear una canción mientras se alejaba por el pasillo, y por un segundo envidié esa capacidad suya de habitar el mundo, sin sospechar todo lo que se movía a su alrededor para protegerlo, o para arrebatárselo a alguien.

Cuando me giré, Clara ya se había acercado a Renato, hablándole en voz baja, con una cercanía que no me gustó nada. 

Intenté no escuchar, ocuparme de mis propios asuntos, pero la sala era pequeña y las palabras de Clara viajaban con la misma frialdad calculada con la que caminaba.

—Voy a encargarme de todo esto a mi manera, Renato —le dijo, sosteniéndole la mirada con una firmeza que no dejaba lugar a dudas— Confía en mí.

—¿Qué significa eso exactamente? —preguntó él, con la desconfianza tallada en cada palabra.

—Significa que no tienes que preocuparte por Ernesto nunca más y que yo sé cómo moverme en estos círculos mejor que él —hizo una pausa, mirándome de reojo por primera vez desde que había entrado, con una sonrisa que no terminé de descifrar— Y significa que muy pronto vas a entender que hice bien en no dejar esto en manos de nuestro tío.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies, aunque logré mantener el rostro tan quieto como pude.

—Clara —advirtió Renato, con un tono que no admitía réplica— No empieces.

Ella sonrió, esa sonrisa suya que nunca llegaba a los ojos, y se despidió con un gesto elegante de la mano, como si acabara de concluir una reunión de negocios exitosa en lugar de sembrar la semilla de una duda que, estaba segura, pensaba regar con paciencia en las semanas siguientes.

—Nos vemos pronto —dijo, ya en la puerta— Dale un beso a Leo de mi parte.

Y se fue, dejando tras de sí un silencio todavía más incómodo que el de Ernesto.

Leo volvió corriendo desde la cocina un minuto después, con una galleta a medio comer y la boca llena de migas, completamente ajeno a la despedida de Clara.

—¿Ya se fueron los dos? —preguntó, subiéndose a mi cadera con la confianza de siempre.

—Ya se fueron —le confirmé, abrazándolo un poco más fuerte de lo necesario, como si con eso pudiera protegerlo de todo lo que acababa de pasar en esa sala.

—Qué bueno, tía Clara siempre huele raro —dijo, con la sinceridad brutal de sus seis años, y por un instante logró arrancarme una risa a pesar de todo.

Renato se quedó de pie en medio de la sala, con la mirada fija en la puerta cerrada, procesando algo que yo no podía ver del todo. Cuando finalmente se volvió hacia mí, había en sus ojos una pregunta que no llegó a formular en voz alta, aunque la sentí flotar entre nosotros con la misma claridad que si la hubiera dicho.

—¿Estás bien? —le pregunté, más por romper el silencio, que por saber realmente la respuesta.

—No lo sé —admitió, pasándose una mano por el rostro, cansado de una forma que no tenía que ver con el sueño— No sé qué está tramando mi hermana, y eso me asusta más que cualquier cosa que Ernesto pudiera haber dicho ante un juez, 

No supe qué decirle, no podía prometerle que todo iba a estar bien, porque en el fondo yo tampoco lo sabía, y porque la advertencia de Clara, disfrazada de calma, se me había clavado en el pecho con una precisión que no me gustó nada.

—Vamos a estar bien —dije al final, aunque la frase me sonó hueca incluso a mí misma— Un paso a la vez.

Renato asintió, sin mucha convicción.

"Voy a encargarme de todo esto a mi manera."

No sabía qué significaba exactamente eso, ni qué tan lejos estaba dispuesta a llegar Clara para conseguir lo que quería. 

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