Mundo ficciónIniciar sesiónDesperté y bajé a la cocina esperando encontrarla vacía, pero Renato ya estaba ahí, vestido, con una taza de café humeante entre las manos, no sirvió una segunda, fue un detalle pequeño, casi insignificante, pero me dolió más de lo que hubiera querido admitir.
—Buenos días —dijo, sin levantar la vista de un periódico que no estaba leyendo.
—Buenos días.
El silencio que siguió no fue el de siempre, era cargado de algo que ninguno de los dos sabía nombrar todavía, y que ambos parecíamos decididos a ignorar con la misma disciplina con la que se ignora una herida que aún no ha dejado de sangrar.
—Hay que empezar a preparar a Leo —dije al fin, buscando refugio en lo único seguro que nos quedaba, el niño —Faltan dos semanas para la entrevista.
Renato asintió y dejó el periódico a un lado.
—¿Cómo se prepara a un niño de seis años para algo así?
—Jugando —respondí— Los niños entienden el mundo a través del juego. Si se lo planteamos como un examen, va a sentir que puede reprobar. Como un juego, va a sentir que puede ganar solo con ser él mismo.
Él me miró con esa expresión que empezaba a resultarme familiar, admiración, desconcierto, como si yo hablara un idioma que llevaba toda la vida intentando aprender sin éxito.
—Tú sabes hacer esto de una forma que a mí me resulta completamente ajena.
—No es magia, es práctica, he hecho esto con varios niños, en las peores circunstancias que te puedas imaginar.
—Aun así.
No insistí, había algo en su voz, en la manera en que bajaba los hombros cuando hablaba de sus propias carencias, que me recordaba demasiado a otra época, a otro niño con los hombros igual de caídos, sentado en el borde de una cama que no era la suya, preguntándose si algún día alguien lo querría sin condiciones. Aparté el pensamiento antes de que se instalara demasiado hondo.
Leo bajó minutos después, todavía en pijama, con Peluso colgando de una mano y los ojos hinchados de sueño. Se subió a la silla de la cocina sin que nadie lo ayudara, orgulloso de su propia independencia, y aceptó el vaso de leche.
—Leo —dije, sentándome frente a él— ¿te acuerdas que te conté que en unos días vas a hablar con una persona muy amable?
Él asintió, masticando su cereal con una concentración exagerada.
—¿Va a preguntarme si soy feliz? —dijo, con una naturalidad que me desarmó por completo.
—Puede ser y si te pregunta eso, tú le dices exactamente lo que sientes, ni más ni menos, no hay respuestas correctas ni incorrectas.
—¿Y si le digo que a veces extraño a mamá?
La pregunta cayó sobre la mesa como una piedra en un lago, vi a Renato tensarse desde el otro extremo de la cocina, con la taza a medio camino de sus labios.
—Entonces se lo dices —respondí, con la voz lo más firme que pude sostener— Extrañarla no significa que hagas algo mal, significa que la quisiste mucho, y eso nunca es un error.
Leo asintió, satisfecho con la respuesta, y volvió a su cereal como si la conversación no le hubiera costado nada, mientras a mí se me cerraba la garganta y a Renato, del otro lado de la cocina, se le escapaba un suspiro que sonó a alivio y a dolor a la vez.
Esa tarde organizamos lo que Leo bautizó, sin que se lo pidiéramos, como "el juego de las preguntas". Nos sentamos los tres en la alfombra de la sala, con Peluso presidiendo la reunión desde un cojín, y yo fui lanzando preguntas parecidas a las que probablemente le haría el psicólogo, qué le gustaba de vivir en esta casa, cómo se sentía con nosotros, qué extrañaba de antes.
Leo respondía con una honestidad devastadora, la misma honestidad brutal que solo tienen los niños que todavía no han aprendido a mentir por conveniencia.
Dijo que le gustaba que hubiera dos personas grandes en la casa en vez de una. Dijo que a veces tenía miedo de que también nosotros desapareciéramos, como su mamá. Dijo que Peluso dormía mejor desde que dormía en esta cama y no en la otra.
Cada respuesta me enseñaba algo distinto de lo que ese niño cargaba por dentro, y cada una parecía golpear a Renato en un lugar que él no sabía cómo proteger.
—¿Tú también quieres jugar? —le preguntó Leo de pronto, girándose hacia él con esa confianza absoluta que solo un niño puede tener.
Renato, que había estado observando desde el sofá con los codos apoyados en las rodillas, pareció tomado por sorpresa.
—No sé si soy bueno en este juego —dijo, con una sonrisa incómoda que no le quedaba natural.
—No hay que ser bueno —respondí yo, sin pensarlo demasiado— Solo hay que responder de verdad.
Se sentó en el suelo, torpe, como si su propio cuerpo no supiera bien cómo ocupar ese espacio. Leo, encantado de tener a los dos adultos a su altura, le hizo la primera pregunta con total inocencia.
—¿Tú también extrañas a alguien, tío?
La pregunta se quedó suspendida en el aire un segundo demasiado largo. Vi algo cruzar el rostro de Renato, algo que no supe nombrar del todo, no era tristeza exactamente, ni sorpresa.
Era más bien el gesto de alguien que busca una respuesta en un cajón que lleva años cerrado con llave, y no logra recordar dónde la guardó.
—No lo sé, Leo —dijo al fin, con una honestidad que me sorprendió tanto como al niño— Hay partes de mi vida que no recuerdo bien, es como si alguien hubiera arrancado páginas de un libro y yo solo pudiera leer lo que queda.
—Eso es triste —dijo Leo, con la simpleza brutal de sus seis años.
—A veces —admitió Renato— Pero tengo la sensación de que, si pudiera recordar, extrañaría muchas cosas buenas.
No pude mirarlo cuando dijo eso, fijé la vista en mis propias manos, en el hilo suelto de la alfombra, en cualquier cosa que no fuera su rostro, porque sabía, yo sí sabí, exactamente qué páginas eran esas, y cuánto de mí había en ellas.
—¿Y tú, Mireya? —preguntó Leo, girándose ahora hacia mí, ajeno por completo a la tormenta que acababa de desatar— ¿Tú también extrañas a alguien?
Sentí la mirada de Renato posarse en mí, expectante, curiosa, sin sospechar todavía cuánto pesaba mi respuesta.
—Todos los días —dije, y no mentí— Pero he aprendido que se puede extrañar algo y, al mismo tiempo, estar agradecida por lo que se tiene ahora.
Leo pareció conforme con esa respuesta, aunque probablemente no entendió ni la mitad. Se dejó caer sobre Peluso, agotado del propio peso de tantas preguntas, y anunció que quería ver dibujos animados antes de la cena, dando por terminado el ensayo con la misma facilidad con la que lo había empezado.
Lo dejamos frente a la televisión, envuelto en una manta, y por un momento Renato y yo nos quedamos de pie en la puerta de la sala, observándolo como observan dos padres a un hijo dormido, aunque ninguno de los dos tuviera derecho todavía a usar esa palabra. Fue un instante breve, casi robado, pero lo suficientemente real como para que ninguno de los dos se atreviera a romperlo con palabras.
Volvimos a sentarnos donde antes, Renato se quedó sentado en el suelo un momento más, sin moverse, todavía atrapado en algún lugar entre el presente y ese libro sin páginas que llevaba dentro.
Cuando finalmente se puso de pie, me tendió una mano para ayudarme a levantarme, un gesto simple, cortés, que cualquier persona haría por cualquier otra.
Pero no la soltó enseguida, se quedó ahí, sosteniendo mi mano un segundo más de lo necesario, mirándome con una pregunta que no llegó a convertirse en palabras.
—Gracias —dijo finalmente— Por lo de hoy, por saber qué decirle cuando yo no tengo la menor idea.
—Sabes más de lo que tú crees —respondí, y era verdad, solo que él todavía no lo había descubierto aún.
Esa noche, después de acostar a Leo, encontré a Renato en el despacho, con la luz de la lámpara de escritorio como único testigo, no estaba trabajando, tenía la mirada perdida en un punto de la pared, y sobre el escritorio, cerrada, había una vieja caja de madera que no le había visto antes.
—¿Estás bien? —pregunté desde la puerta, sin atreverme a entrar del todo.
—Sí —dijo, aunque no sonó del todo convencido— Solo pensaba en lo que le dije a Leo, en esas páginas arrancadas.
—¿Y en qué pensabas exactamente?
Se quedó callado un largo rato, con los dedos tamborileando sobre la tapa de la caja. La abrió apenas, lo suficiente para que yo viera, desde la puerta, un montón de fotografías amarillentas y lo que parecía ser una pequeña libreta de cuero gastado, y volvió a cerrarla enseguida, como si el contenido le costara más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—En que, últimamente, tengo la sensación de que alguien está intentando devolvérmelas —dijo, y me miró con una intensidad que me heló la sangre— Una página a la vez.
No supe qué responder, me despedí con un simple "descansa" que me supo a mentira, y subí las escaleras con el corazón latiéndome tan fuerte que temí que él pudiera escucharlo desde la distancia.
Porque tenía razón, alguien sí estaba devolviéndole esas páginas, aunque él todavía no supiera que esa persona era yo, y que cada vez que lo hacía, corría el riesgo de perderlo todo.







