Acepté, no porque quisiera, sino porque no podía decir que no. En el salón de eventos, con los flashes de los periodistas aún en mi memoria, Renato me había dado un sobre con un borrador del contrato y una tarjeta: “Mañana a las nueve, en mi despacho, no llegues tarde.”Esa noche, en mi pequeño cuarto del centro comunitario, releí el documento diez veces, la letra pequeña decía:“Ambas partes se comprometen a mantener la apariencia de un matrimonio feliz durante un año. En caso de que cualquiera de las dos partes desarrolle sentimientos románticos hacia la otra, el contrato se considerará nulo y la parte infractora perderá todos los beneficios acordados, incluyendo la transferencia del inmueble y el capital pactado.”Mi mano tembló, no era una cláusula legal, era una trampa emocional. Pero no podía permitirme el lujo de pensar en eso. En la habitación de al lado, Elena y sus tres hijos dormían en un colchón prestado, Sofía, la adolescente, tenía fiebre y yo apenas tenía para sus medic
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