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CAPÍTULO 10: SU NUEVA FAMILIA

La puerta volvió a abrirse casi una hora después, y esta vez fue Leo quien salió primero, con Peluso otra vez en brazos —se lo habían devuelto cuando lo pidió estando dentro— y una sonrisa que no lograba disimular del todo.

—¿Cómo te fue? —pregunté, levantándome de un salto, olvidando cualquier intento de contención.

—Bien —dijo Leo, encogiéndose de hombros con esa naturalidad que solo tienen los niños después de haber sobrevivido algo que los adultos consideraban aterrador— Me preguntó muchas cosas, le hablé de Peluso, del jardín, y de que ya no tengo miedo de dormir solo y me dio una galleta, estaba rica.

Solté una risa breve, mezcla de alivio y ternura, y le revisé el cuello de la camisa por pura costumbre, aunque seguía tan perfecto como cuando salimos de casa.

Renato también se había puesto de pie, con una tensión en el cuerpo que no desaparecía del todo pese al alivio evidente de ver a Leo entero y sonriente frente a nosotros.

La doctora Ibarra apareció detrás de él, con la misma carpeta bajo el brazo y una expresión más difícil de leer que la de Leo.

—Señor Varela, señora Varela —dijo, dirigiéndose a ambos con ese trato formal que usaba con todas las familias, sin saber lo poco natural que sonaba en nuestro caso—, ¿podrían acompañarme un momento? Me gustaría comentarles algunas impresiones antes de que se retiren.

Sentí que el estómago se me encogía, miré a Renato, que asintió con la mandíbula tensa, y ambos dimos un paso hacia la doctora, dejando a Leo un instante en la sala de espera con la funcionaria que nos había recibido al principio.

—Solo será un momento, Leo —le dije, agachándome a su altura— Espéranos aquí con Peluso.

Pero Leo, que nunca había sido bueno para quedarse callado cuando algo le importaba, nos siguió un par de pasos, tirando de la manga de mi blusa antes de que pudiéramos alejarnos del todo.

—Doctora —dijo, con esa voz clara y sin filtros que solo tienen los niños que todavía no han aprendido a medir sus palabras—, ¿le conté que ahora tengo una familia nueva? Antes solo tenía a mi mamá, pero ahora tengo a Mireya y a tío Renato, y a Peluso, y eso es como el doble de familia que antes.

El pasillo entero pareció detenerse, la doctora Ibarra sonrió, genuinamente conmovida, anotando algo rápido en su carpeta. 

Una de las otras familias que esperaba turno volteó a mirarnos con una sonrisa discreta. Y yo, en medio de todo eso, no pude evitar buscar los ojos de Renato, preguntándome si él había escuchado lo mismo que yo, la palabra "familia" dicha con una naturalidad tan absoluta que ni siquiera sonaba a algo que necesitara ser cuestionado.

—Qué bonito, Leo —respondió la doctora, con calidez— Ve con la señorita, ahora hablamos con tus papás.

Leo se alejó, conforme, arrastrando a Peluso de vuelta hacia las sillas de plástico, sin ninguna idea del terremoto silencioso que acababa de provocar con esa frase dicha al pasar, como quien comenta el clima.

La doctora Ibarra nos condujo a una pequeña oficina contigua, con una mesa redonda y tres sillas, mucho menos intimidante que la sala principal del juzgado. 

Nos sentamos uno frente al otro, con ella ocupando el tercer lugar, y por un instante el silencio se llenó únicamente con el sonido de las páginas de su carpeta.

—Quiero ser honesta con ustedes —empezó, cruzando las manos sobre la mesa— Estas evaluaciones suelen ser complicadas, sobre todo cuando el niño ha vivido pérdidas recientes. Pero en el caso de Leo, la impresión que me llevo es muy positiva.

Sentí que el aire volvía a entrar a mis pulmones, como si hubiera estado conteniendo la respiración desde que cruzamos la puerta del edificio esa mañana.

—Se muestra seguro, hablador, sin miedo a expresar lo que siente —continuó la doctora— Y algo que no siempre se ve en niños que han pasado por lo que él pasó, habla de ustedes dos con una naturalidad que no parece forzada ni aprendida, no repite un discurso, lo cree de verdad.

—¿Y eso qué significa para... el proceso? —preguntó Renato, con una voz que intentaba sonar profesional y neutral, aunque yo pude notar el temblor apenas perceptible debajo.

—Significa que, de mi parte, no tengo ninguna objeción que presentar ante el juez —respondió ella, con una sonrisa más relajada— Mi recomendación va a ser favorable, pero eso no garantiza el resultado final, por supuesto, pero es un paso importante.

—¿Y lo que dijo, eso de la familia nueva...? —pregunté, sin poder contenerme, necesitando escuchar de boca de una profesional que ese comentario no había sido solo una casualidad tierna, sino algo más sólido.

La doctora Ibarra sonrió, cerrando la carpeta con suavidad.

—Los niños no mienten sobre esas cosas, señora Varela. Si Leo dice que tiene una familia, es porque la siente como tal. Eso, en mi experiencia, vale más que cualquier papel firmado.

Quise llorar de alivio ahí mismo, delante de una desconocida, pero me contuve, limitándome a apretar con fuerza el bolso que tenía sobre las piernas, como si eso pudiera contener también todo lo que sentía por dentro.

La doctora Ibarra nos dio algunas indicaciones más sobre los próximos pasos del proceso, fechas probables, papeles que todavía faltaban por firmar, y nos despidió con un apretón de manos y una última mirada amable hacia la puerta, por donde se veía a Leo entretenido dibujando algo en un papel que la funcionaria le había prestado.

Salimos al pasillo en silencio, todavía procesando la noticia, cada uno a su manera. Yo sentía que flotaba, aligerada de un peso que llevaba semanas cargando sin darme cuenta de lo pesado que era. 

No sabía cómo se sentía Renato, hasta que lo miré, estaba de pie, quieto, con la vista fija en mí, y no en la puerta por donde acabábamos de salir, ni en Leo, que seguía absorto en su dibujo. 

Me miraba a mí, con una expresión que no logré descifrar del todo, no era solo alivio, ni solo gratitud. Había algo más ahí, algo que se parecía peligrosamente a la manera en que se mira a alguien cuando de pronto se entiende, sin buscarlo, que esa persona se ha vuelto imprescindible.

—¿Qué? —pregunté, incómoda bajo el peso de esa mirada que no sabía cómo interpretar.

—Nada —respondió él, aunque no apartó los ojos— Es solo que... Leo dijo "familia" como si fuera lo más obvio del mundo.

—Lo es, para él.

—Lo sé —dijo, y algo en su voz se quebró apenas, tan poco que quizás nadie más lo hubiera notado— Es solo que no sé en qué momento dejó de sonarme extraño a mí también.

No supe qué responder a eso, me quedé ahí, sostenida por esa mirada suya que no terminaba de apartarse, sintiendo que el pasillo entero del juzgado se había quedado en silencio, esperando, igual que nosotros, a que alguno de los dos se atreviera a decir algo más.

Fue Leo quien rompió el momento, corriendo hacia nosotros con su dibujo terminado, exigiendo que cumpliéramos la promesa del helado, ajeno por completo a que acababa de dejarnos, sin saberlo, parados con un desconcierto por tantas emociones y noticias juntas.

—¡Miren! —dijo, extendiendo el papel hacia nosotros con orgullo— Dibujé a Peluso, y a mí, y a ustedes dos, somos cuatro.

Tomé el dibujo entre las manos, cuatro figuras torcidas tomadas de la mano frente a una casa con un sol enorme en la esquina superior, dibujadas con la desproporción alegre que solo los niños se permiten. 

Renato se acercó para verlo también, tan cerca de mí que sentí el calor de su hombro contra el mío, y esta vez ninguno de los dos se apartó.

—Está perfecto —dijo Renato, con la voz todavía un poco ronca— ¿Podemos quedarnoslo?

—Claro, lo hice para el refrigerador.

Caminamos los tres hacia el ascensor, Leo entre nosotros sujetando cada una de nuestras manos con la naturalidad de quien lleva haciéndolo toda la vida, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que ese gesto tan simple no necesitaba ninguna cámara, ningún contrato, ninguna excusa para justificarlo.

El helado que le prometimos a Leo terminó siendo la única conversación fácil del resto de la tarde. Hablamos de sabores, de si el chocolate era mejor que la vainilla, y en algún momento, entre risas, la tensión de la mirada que Renato me había dedicado en el pasillo del juzgado quedó guardada, sin resolverse, en algún rincón entre los dos.

Esa noche, ya con Leo dormido y su dibujo pegado con un imán en el refrigerador, me quedé un momento sola en la cocina, repasando el día entero. 

La entrevista, el alivio de la doctora, la frase de Leo sobre su "familia nueva", y esa mirada de Renato que todavía no sabía cómo nombrar.

No sabía qué significaba exactamente, ni sabía si él mismo tenía idea. Pero por primera vez, no sentí miedo de no tener la respuesta. 

Solo la certeza incómoda y cálida a la vez de que algo, entre nosotros, seguía cambiando de forma, un poco más cada día, sin pedirnos permiso a ninguno de los dos.

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