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CAPÍTULO 2: LA NOCHE ANTES DEL CONTRATO

Acepté, no porque quisiera, sino porque no podía decir que no. En el salón de eventos, con los flashes de los periodistas aún en mi memoria, Renato me había dado un sobre con un borrador del contrato y una tarjeta: “Mañana a las nueve, en mi despacho, no llegues tarde.”

Esa noche, en mi pequeño cuarto del centro comunitario, releí el documento diez veces, la letra pequeña decía:

“Ambas partes se comprometen a mantener la apariencia de un matrimonio feliz durante un año. En caso de que cualquiera de las dos partes desarrolle sentimientos románticos hacia la otra, el contrato se considerará nulo y la parte infractora perderá todos los beneficios acordados, incluyendo la transferencia del inmueble y el capital pactado.”

Mi mano tembló, no era una cláusula legal, era una trampa emocional. Pero no podía permitirme el lujo de pensar en eso. En la habitación de al lado, Elena y sus tres hijos dormían en un colchón prestado, Sofía, la adolescente, tenía fiebre y yo apenas tenía para sus medicinas. Si no firmaba, en treinta días todas ellas estarían en la calle, y algunas volverían a manos de quienes les hicieron daño.

A las ocho de la mañana, estaba en la puerta de su edificio. Me recibió su secretaria, una mujer de mirada fría que me hizo esperar dos horas en una sala de cristal. No me importó, aproveché para repasar mentalmente lo que le diría, que el centro no era solo un edificio, que cada mujer tenía una historia, que él estaba a punto de destruir algo que ya había salvado a más de treinta personas.

Cuando por fin entré, Renato estaba de pie junto a la ventana, de espaldas. El sol entraba a raudales y dibujaba su cuerpo, pero no había calidez en esa imagen.

—Dime rápido —dijo sin girarse —Tengo una reunión con el juez de familia en dos horas.

—He leído el contrato —empecé, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba —Acepto las condiciones, pero quiero una cosa más, quiero que el centro quede a nombre de una fundación, no a mi nombre personal. Si algo me pasa, quiero que las mujeres estén protegidas.

Él se giró entonces, y por primera vez vi algo parecido al respeto en su mirada.

—Eso ya lo había pensado —dijo, y sacó un documento adicional —He incluido una cláusula que transfiere la propiedad a una fundación que tú misma administrarás. Pero hay otra condición, durante el año de matrimonio, no podrás visitar el centro sin mi permiso. Necesito que la prensa no sospeche que esto es un negocio, si alguien te ve allí, todo el plan se vendría abajo.

—¿Y cómo voy a dirigir mi centro sin pisarlo? —repliqué, con un nudo en la garganta.

—Tendrás un administrador de confianza, yo me encargaré de cubrir todos los gastos. Pero tú, en público, serás solo mi esposa, esa es la parte del trato.

Lo miré a los ojos, por un instante, la frialdad de su rostro se quebró y vi al niño que recordaba, el que se escondía en mi jardín cuando su padre llegaba borracho. El que tenía moretones en los brazos y me decía que no le contara a nadie.

Pero él no me recordaba a mí.

—De acuerdo —susurré.

El abogado colocó el documento final sobre el escritorio de caoba. El silencio en el enorme despacho se volvió denso, casi asfixiante. —Firme aquí, señora Varela —dijo el abogado, señalando la línea de puntos.

Cuando Renato me tendió el bolígrafo, nuestros dedos se rozaron. Fue un contacto breve, pero su mano estaba inusualmente cálida. Él notó el temblor en mis dedos y, en lugar de apartarse inmediatamente para mantener su distancia prudencial, cerró su mano suavemente sobre la mía durante un segundo, estabilizándome el pulso antes de soltarme. Mantuve la respiración y firmé.

Él lo hizo después, con una caligrafía firme y angulosa. Al verlo sostener la pluma, se pasó la mano libre por el cuello, un gesto idéntico al que hacía de niño cuando se sentía acorralado en el patio de la escuela.

Mi corazón dio un vuelco, el niño seguía ahí, atrapado bajo las capas de frialdad de ese hombre de negocios. Cuando el abogado se retiró para certificar las copias, Renato me acompañó a la puerta, pero justo antes de que abriera, se interpuso en mi camino, obligándome a detenerme a pocos centímetros de su pecho. El aroma a madera y café me envolvió de golpe.

—Te pregunto una cosa, Mireya —dijo, y su voz bajó una octava, volviéndose extrañamente suave.

—¿Por qué aceptaste tan rápido? Podrías haber negociado más dinero, más cláusulas a tu favor... ¿Qué te mueve realmente?

Se me escapó una sonrisa triste, acortando inconscientemente la distancia entre los dos para que viera la verdad en mis ojos.

—Salvar vidas —respondí. —Las mujeres de ese centro no son números en un balance general, Renato. ¿Y tú? ¿Por qué arriesgas tu reputación con una desconocida por un sobrino?

Él guardó silencio, sus ojos bajaron por un instante a mis labios y luego regresaron a mi mirada, atrapado en un bucle de confusión que no lograba resolver, como si mi cercanía le causara un cortocircuito.

—Porque no quiero que él termine como yo —confesó en un murmullo que pareció arrancado de su propio pecho. —Sin recuerdos, sin raíces. Necesito darle una familia, aunque sea una construida sobre un papel. Me mordí el labio, conteniendo el impulso de gritarle que sí tenía raíces, y que yo era una de ellas. Pero la cláusula del contrato ya estaba activa, un solo paso en falso y lo perderíamos todo.

—Ya conoces la condición —dijo Renato, guardando el documento en su portafolios sin mirarme. —Si alguno de los dos se involucra sentimentalmente, lo perdemos todo. No hace falta que te repita lo que acabas de firmar.

Lo sabía perfectamente, oírlo de sus labios solo me recordó que no solo estaba jugando con el destino de mi centro, sino con el futuro de un niño huérfano. Sentí un nudo amargo en el estómago, la cláusula ya no era una simple advertencia, era nuestra sentencia.

El día de la boda civil, el juzgado estaba desierto, solo asistieron dos testigos, su abogado de confianza y mi amiga Lucía, la única persona que conocía la verdad detrás de aquella locura. Me puse un vestido blanco, sencillo, sin flores ni encajes. No quería que pareciera una celebración, era un trámite burocrático, nada más.

Cuando ingresé a la sala, Renato ya me esperaba, al verme entrar, sus ojos se abrieron un poco y por un segundo pareció perder la postura rígida que siempre lo caracterizaba.

—Estás… —empezó a decir, dando un paso hacia mí, pero se cortó a sí mismo.

—¿Qué? —pregunté, buscando su mirada.

—Nada. Olvídalo —respondió, recuperando su máscara de hielo.

El juez dio lectura a las actas, y cuando llegó el momento de sellar el matrimonio, Renato se inclinó despacio hacia mí. Sus labios rozaron los míos con una suavidad inesperada, y un calor antiguo, uno que creía sepultado en mi infancia, despertó con violencia en mi pecho.

Pero fue solo un instante, él se separó de inmediato y evitó volver a mirarme hasta que abandonamos el edificio.

En la escalinata exterior, una mujer nos cortó el paso. Era alta, rubia, vestida con un traje de diseñador impecable. Sonrió, pero sus ojos destilaban un desprecio absoluto.

—Hermano — dijo Clara, cruzándose de brazos. —Así que encontraste a tu conejillo de indias, menuda farsa de boda.

Se volvió hacia mí, midiéndome de arriba abajo con una mueca de asco.

—Te advierto una cosa, incorporación de última hora, si mi hermano cree que puede usar a cualquiera para quedarse con la herencia y la custodia de Leo, está muy equivocado. Yo soy la tía de ese niño y tengo herramientas legales para apelar este matrimonio ridículo.

Renato dio un paso al frente, interponiéndose entre las dos y tomándola del brazo con firmeza.

—Clara, basta, este no es el lugar, hablaremos en la cena familiar.

—Oh, claro que hablaremos —Clara me fulminó con la mirada. —Ya veremos cuánto te dura el teatrito, querida, cuando el tribunal te exija actuar como una verdadera madre.

Se dio la vuelta, subiendo a su auto y cerrando la puerta con un golpe seco que nos dejó en silencio. Yo me quedé temblando, furiosa y asustada, Renato soltó un suspiro pesado y me miró, por primera vez, detecté un leve destello de culpa en sus facciones.

—Lo siento —murmuró. —Mi hermana está resentida porque el juez rechazó su solicitud de custodia unilateral.

—¿Por qué la rechazaron? —pregunté, sorprendida.

—Porque no ofrece un entorno estable, tiene un historial de excesos y problemas que el tribunal conoce perfectamente. No permitiré que mi sobrino crezca en ese ambiente.

—Y sin embargo, prefieres que crezca en un hogar falso, al lado de una esposa que se supone que no debe amarte —solté sin pensar, clavando mis ojos en los suyos.

Renato me tomó de la mano de golpe, su agarre fue fuerte, urgente, y su voz descendió hasta convertirse en un susurro cargado de una vulnerabilidad oculta.

—No necesito que me ames, Mireya, solo necesito que lo protejas, que estés allí cuando él pregunte por qué su madre no va a volver. Que seas para él... la estabilidad que yo jamás pude tener en mi propia infancia.

Las palabras se me atoraron en la garganta, estaba hablando de sus propios traumas, de los golpes y la soledad de la que Ernesto hablaría más adelante, pero él no lo recordaba conscientemente.

Esa misma noche, al llegar a la imponente mansión, me guió hasta el segundo piso y me mostró mis aposentos. Era una habitación enorme, fría, decorada en tonos neutros que me hicieron sentir en un hotel de lujo.

—La mía está al final del pasillo —señaló, indicando la puerta de madera oscura. —Recuerda la regla, fuera de estos muros, somos la pareja perfecta. Aquí adentro, no hace falta fingir.

—¿Y cuándo llega Leo? —inquirí, acariciando el borde de la colcha. —En dos semanas, el juez otorgó la custodia temporal mientras evalúan la convivencia. Durante ese tiempo tendrás que ser la tía más cariñosa del mundo.

Asentí en silencio, pero mi mente ya estaba en otro lado, me preguntaba cómo iba a ocultarle el secreto que me quemaba el pecho, que yo recordaba perfectamente al niño herido que solía llorar en mi jardín, y que si él llegaba a recuperar la memoria antes de tiempo, el contrato y nuestras vidas estallarían en mil pedazos.

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