Mundo ficciónIniciar sesión
El cristal del salón de eventos reflejaba luces doradas que siempre me parecieron de otro mundo. Pero yo no había ido a brillar, sino a suplicar.
Mi vestido ajustado, el único que podía permitirme, me hacía sentir como un disfraz. Cada mirada que se clavaba en mí era una aguja, y los susurros no tardaron en llegar.
—¿Esa es la de la asociación de mujeres? Dicen que si no consigue fondos, cierran el refugio, que pena, ¿no? Pero con ese cuerpo… mejor que se busque un marido.
Apreté los puños sobre mi falda, no era la primera vez que me humillaban por mi aspecto, pero dolía igual. Lo que más me dolía era que no entendían que detrás de cada comentario había vidas reales, Elena, que escapó de su esposo con tres hijos, Sofía, que tenía diecisiete años y un bebé en brazos, y todas las que dormían en el centro porque no tenían otro lugar a donde ir. Si yo no conseguía ese terreno, ellas volverían a las calles, y algunas volverían a morir.
El abogado que llevaba mi caso me había citado allí para entregarme una copia de la sentencia. Pero cuando llegué, me dijo que el documento ya no estaba en sus manos. Me explicó, con una sonrisa incómoda, que Renato Varela había comprado la deuda de mi familia y, por tanto, el control legal del terreno ahora era suyo. No podía hacer nada sin su autorización.
Iba a levantarme para buscarlo cuando la puerta principal se abrió de golpe. El ruido se apagó por completo.
Renato entró con paso firme, el traje oscuro como una armadura, la mirada fría y calculadora. Mi corazón dio un vuelco, no por deseo, sino por reconocimiento, la cicatriz en la ceja, la forma de inclinar la cabeza… era el niño que me daba la mitad de su bocadillo en el patio del colegio, el que me prometió que siempre estaría ahí cuando algo me pasara. Pero su mirada no mostró ni un destello de recuerdo, él no me reconocía y eso me partió en dos.
—¿Tú? —dijo, sin saludar —No sabía que te gustara perder el tiempo en lugares que no te pertenecen.
—Necesito hablar contigo —logré decir, aunque la voz me temblaba —Es urgente, el centro…
—No me interesa —cortó, y ya se estaba dando la vuelta.
Entonces hice lo que nunca había hecho, lo agarré del brazo. La gente nos miró, pero ya no me importaba.
—¡Escúchame! No vengo por mí, vengo por ellas. Por las mujeres que duermen en el suelo de mi centro porque tú quieres construir un edificio de lujo, si no recupero ese terreno en treinta días, el juez las enviará de vuelta con sus agresores. ¿Te parece poco? —mi voz se quebró, pero no solté su brazo.
Renato me miró con sorpresa, por un instante, sus ojos se suavizaron, luego se endurecieron de nuevo, pero algo había cambiado. Por primera vez, los abrió como si buscaran algo en mi rostro, una sombra de reconocimiento que no lograba concretarse. Entonces parpadeó y se cerró.
—¿Y qué esperas que haga yo? —preguntó, más bajo.
—Que me devuelvas lo que es mío, o que me des una oportunidad para pagarlo.
Él guardó silencio, luego, sin soltarme, me arrastró hacia un rincón vacío, lejos de los curiosos. El calor de su mano atravesaba la tela de mi vestido, despertando un eco del pasado que me costó respirar.
—Hay una forma —dijo, y su voz era casi un susurro. Estaba tan cerca que pude notar el aroma a café y madera que siempre lo acompañaba —Pero no es dinero, es una alianza.
Me explicó que necesitaba casarse para adoptar a su sobrino, un niño de seis años que se quedó huérfano tras el accidente de su hermana. El juez le exigía una esposa que diera estabilidad al pequeño. Yo, en cambio, necesitaba salvar mi centro.
—No quiero una esposa de verdad —aclaró, clavando sus ojos grises en los míos, como si buscara una grieta en mi postura —Quiero una que firme un papel y cumpla un rol, por un año y luego, cada uno por su lado.
—¿Y qué gano yo? —pregunté, obligándome a sostenerle la mirada a pesar de que el corazón me golpeaba las costillas.
—Las escrituras del terreno, más el dinero para reformar el centro y mantenerlo durante dos años —respondió él, dando un paso al frente que me obligó a respaldarme contra la pared —Pero hay una condición estricta: si alguno de los dos se enamora, pierde todo.
—¿A qué te refieres? —inquirí, conteniendo la respiración ante su cercanía. —A que si la farsa se descubre, nos separamos o este matrimonio se rompe por involucrar sentimientos, el juez dictaminará que es un entorno inestable y me quitará a mi sobrino. Tú te quedarás sin refugio y yo sin Leo. Cumples o pierdes, Mireya.
Esa frase me heló la sangre. ¿Enamorarme de él? Imposible. Pero ver la intensidad de sus ojos grises a tan pocos centímetros me provocó un escalofrío que no supe controlar. ¿Por qué ponía una condición tan severa si no temía, precisamente, perder el control ante mí? Pensé en Elena, en sus hijos, en Sofía con fiebre. Cerré los ojos y conté hasta tres.
—¿Por qué yo? —pregunté con la voz temblorosa. —Podrías haber elegido a cualquier mujer de tu círculo. Él me miró fijo a los ojos. Y vi una sombra de desconcierto en su rostro rígido, como si mi perfume o mi tono de voz le causará una extraña interferencia en la memoria.
—Porque alguien de total confianza me dio tu nombre —empezó, y se detuvo un instante, como si el hilo de su propio pensamiento se le hubiera perdido en un lugar que ya no podía alcanzar —Dijo que eres de fiar y que jamás te casarías por un interés romántico. Es un trato limpio, no me reveló quién le había hablado de mí, pero en ese momento supe que, aunque él me hubiera olvidado, alguien de nuestro pasado seguía protegiéndome desde las sombras.
—Acepto —dije, y la palabra me quemó la garganta.
Él asintió una sola vez, sin una sonrisa, sin un gesto de alivio. Solo sacó un sobre de su bolsillo y me lo entregó.
—Mañana a las nueve, en mi despacho, no llegues tarde.
Y se fue, dejándome con el corazón desbocado y la certeza de que acababa de firmar un pacto con el único hombre que podía salvarme… y también destruirme.







