La moto Kawasaki rugió con fuerza mientras Kamill Becker giraba hábilmente el manubrio, maniobrando entre las calles hasta detenerse frente al imponente edificio. Las luces de neón del letrero en la fachada iluminaban la noche con un brillo frío, pero la verdadera impresión venía de las seis camionetas blindadas que flanqueaban la entrada. Eran como bestias inmóviles, impenetrables, y cada una de ellas albergaba la promesa de peligro.
Kamill apagó el motor y el rugido de la moto fue reemplaza