El aire dentro de aquella casa era denso, cargado de una tensión que parecía que podía romperse con el más leve susurro. Lilith seguía de pie frente a Camila Becker, la matriarca, quien la observaba con una mirada tan intensa como impenetrable. Su postura rígida y sus manos cruzadas frente a ella revelaban que lo que estaba por decir no sería fácil.
Lilith, por su parte, se sentía atrapada entre el impulso de salir corriendo y el deseo desesperado de entender el porqué de aquella conversación,