MOSCÚ - RUSIA.
Kamill se presentó ante su madre como una sombra imponente, vestido completamente de negro. Su traje, impecablemente ajustado, resaltaba la figura esculpida por estos años de dominio y fuerza. La camisa de seda negra se amoldaba a su torso, y el abrigo largo, de líneas elegantes, se abría a su paso como si incluso la tela se doblegara ante su presencia.
Su aura era densa, asfixiante. No necesitaba hablar para imponer su autoridad; el peso de su mirada bastaba. Sus ojos, fríos com