Cuando la medianoche cayó sobre la ciudad, envolviéndola en su manto de sombras y neón, Kamill Becker encendió un cigarro con movimientos calculados. Su mandíbula estaba tensa, sus pensamientos eran una tormenta contenida. No había rastros de la organización que había saboteado su entrega, ni un solo rastro que lo condujera a los responsables. La impaciencia ardía en su pecho como un fuego voraz, y la única respuesta que halló fue en las palabras que tejían su propia condena. Las venas de su ma