CAPÍTULO 58
La humillación que Victoria Navarro sentía quemándole el pecho era casi física. Ni una mirada. Ni un reconocimiento de su existencia. Para un hombre como Alexander de la Vega, ella se había vuelto invisible, y eso era un insulto que su orgullo no podía procesar.
Se detuvo frente a la oficina de Fernando, se ajustó la chaqueta de seda y forzó una expresión de serena indiferencia antes de entrar sin llamar.
Fernando Castillo estaba sumergido en una montaña de expedientes. Su despacho,