CAPÍTULO 56
Desde la puerta entreabierta de su propia oficina —la oficina del Director Legal, ahora relegada a una importancia secundaria—, Fernando Castillo observaba el movimiento del pasillo como un depredador que ha perdido sus dientes pero conserva el hambre.
Sus ojos, enmarcados por ojeras oscuras fruto de noches de insomnio y discusiones con Victoria, se fijaron en la puerta principal: el despacho de la Presidencia.
Vio salir a Alexander. El magnate caminaba con esa zancada larga y segur