Mundo de ficçãoIniciar sessãoHan pasado diez años. Una década exacta desde aquella tarde de lluvia y donde ambos firmaron un contrato matrimonial por desesperación y despecho.
En el ático del edificio De la Vega Tower, el silencio es casi absoluto.
Alexander de la Vega está de pie junto a la ventana, desnudo de la cintura para arriba, con un vaso de whisky añejo en la mano. Observa las luces de la ciudad con la misma indiferencia con la que observa todo últimamente. Tiene casi cuarenta años, y el mundo lo considera un dios financiero, intocable e invencible. Pero por dentro se siente vacío, sin nada que realmente lo llene.
Detrás de él, en la inmensa cama, las sábanas se mueven. Constanza se estira con la pereza de un gato satisfecho. Es la nueva directora de marketing de VegaCorp. Una mujer despampanante, inteligente sobre el papel, pero tremendamente obvia en sus intenciones. Entró en la empresa hace tres meses con un objetivo claro: no aumentar las ventas, sino conquistar al hombre inconquistable.
Alexander toma un trago largo de whisky. El líquido ambarino le quema la garganta, pero no lo suficiente para borrar la sensación de aburrimiento. Han compartido un par de noches, y la novedad ya se ha evaporado. Constanza no es mala en la cama, pero es predecible. Y en el trabajo, sus ideas son mediocres. Alexander detesta la mediocridad.
— ¿En qué piensas? —la voz de ella es ronca, intentando sonar seductora.
Alexander no se gira.
— En el cierre del mercado asiático.Es mentira. Está pensando en que mañana a primera hora llamará a Damián Rossi. Damián es su sombra, su jefe de seguridad, su chófer y el único hombre en quien confía ciegamente para limpiar su "basura". Le dará la orden escueta: "Despide a Constanza. Liquídala con una indemnización generosa para que no hable y busca a alguien competente para el área de Marketing. Alguien que trabaje, no que busque marido".
Siente unos brazos delgados rodearle la cintura desde atrás. Constanza se pega a su espalda desnuda. No lleva nada puesto, y su piel está caliente, pero a Alexander le provoca la misma reacción que si le tocara un mueble.
— Hoy me he enterado de algo que me dejó en shock —susurra ella cerca de su oído, trazando círculos en su pecho con las uñas.
Alexander arquea una ceja, aunque ella no puede verlo. Sabe a dónde va esto. Siempre llegan a este punto.
— ¿De qué te enteraste? —pregunta, siguiéndole el juego con voz monótona.— De que eres un hombre casado.
El silencio se estira en la habitación. Alexander no se tensa, no se inmuta. Simplemente, da otro sorbo a su bebida.
— ¿Y eso te sorprende? Es información pública, Constanza. Aunque la prensa ya no hable de ello.— Sí, pero... —ella se separa un poco para mirarlo a la cara, buscando una reacción—. Mantienes oculta a tu esposa. Nunca nadie la ha visto. Ni siquiera en las galas benéficas. Dicen que vive fuera del país, o que es una inválida, o que simplemente la odias.
Alexander suelta una risa corta, carente de humor.
— La gente tiene mucha imaginación.La verdad es mucho más simple y, a la vez, más compleja. Alexander lleva años sin ver a Lucía. Desde la firma del contrato definitivo, al día siguiente de aquella boda fallida, sus vidas han corrido por carriles paralelos que nunca se tocan.
Tienen un acuerdo blindado. Ella recibe una mensualidad, él paga sus estudios (o los pagó, supone que ya habrá terminado hace mucho) y ella le da lo que él más valora: silencio y estatus legal de casado. Nunca ha llamado para pedir más dinero. Nunca ha vendido una historia a las revistas. Nunca ha aparecido borracha en su oficina. Es la socia perfecta.
— Hasta yo mismo olvido que soy un hombre casado por momentos —admite él, y es la primera verdad que dice en toda la noche.
Constanza se envalentona. Pasa una mano por el brazo musculoso de Alexander, bajando hasta su mano.
— ¿Y por qué no te divorcias? —pregunta, con ese tono inocente que oculta una ambición feroz—. Eres joven, rico... podrías estar con quien quisieras. De verdad.La mirada de Alexander se endurece. Se suelta del agarre de ella con suavidad pero con firmeza y camina hacia la mesita de noche para dejar el vaso.
— No es algo que te interese, Constanza.— Pero...
— No. Es. Asunto. Tuyo.
No puede divorciarse. Es la cláusula de hierro. Su abuelo, el patriarca Don Augusto de la Vega, sufrió un derrame cerebral masivo poco antes de la boda. Desde entonces, está en coma, conectado a máquinas que lo mantienen en un limbo entre la vida y la muerte en una clínica privada de alta seguridad.
El testamento es claro: Alexander tendrá el control total de las acciones y la propiedad absoluta del imperio solo si permanece casado hasta la muerte natural del abuelo o hasta que este despierte y decida lo contrario. Si se divorcia mientras el anciano respira, pierde el 51% de la compañía en favor de una junta directiva llena de buitres.
Alexander no va a perder lo que es suyo por un trámite legal. Así que Lucía sigue siendo su esposa. Una esposa de papel.
— ¿Y a ella no le molesta que te tenga que compartir? —insiste Constanza, incapaz de dejar el tema. La celosía en su voz es patética.
Alexander la mira. Sus ojos son dos pozos oscuros.
— Tampoco es algo que te interese. Y no quiero que hablemos más sobre eso. Si quieres seguir hablando de mi vida privada, vístete y vete.Constanza parpadea. Sabe que ha cruzado una línea. Levanta las manos en señal de rendición, forzando una sonrisa coqueta.
— Está bien, está bien, mi amor. No te enojes. —Se acerca de nuevo, caminando con esa cadencia estudiada de modelo de pasarela—. Mejor... hablemos sobre mi cargo en la empresa, cariño. Tengo unas ideas para la campaña de verano que requieren... un presupuesto mayor. Y quizás un ascenso.«Oh, cariño», piensa Alexander con frialdad absoluta. «Si supieras que a esta hora mañana estarás recogiendo tus cosas en una caja de cartón».
Pero Alexander es un hombre pragmático. Faltan horas para el amanecer, y el cuerpo tiene necesidades que la mente desprecia. Decide darle una despedida digna. Una última vez. Además, es más fácil que se vaya contenta y cansada a que se vaya enfadada y haciendo preguntas.
— Hablemos —murmura él.
La toma por la cintura, atrayéndola hacia sí. El beso es técnico, experto, pero vacío. La lleva de vuelta a la cama no por pasión, sino por inercia. Mientras su cuerpo responde a los estímulos de Constanza, su mente está en otra parte, revisando balances y estrategias de mercado.
Una hora después, la puerta del ático se cierra. Constanza se ha ido, con la promesa vaga de "hablar mañana en la oficina" y una sonrisa triunfal que se le borrará pronto. Alexander se encarga de la transferencia mental de la tarea a Damián Rossi.
Se queda solo de nuevo. El silencio regresa, reconfortante.
Se sirve otra copa, aunque sabe que no debería. Se sienta en el borde de la cama deshecha y, por primera vez en mucho tiempo, la imagen de Lucía Flores cruza su mente con fuerza.
Recuerda vagamente sus ojos verdes, grandes y asustados bajo la lluvia. Recuerda su firma temblorosa en el contrato. Sabe que cumple con su parte. Damián le envía informes trimestrales: "La Sra. De la Vega sigue residiendo en la propiedad asignada. Sin incidentes. Gastos dentro de lo normal". Alexander ni siquiera lee los detalles. Solo archiva el hecho de que ella no es un problema.
Pero la pregunta de Constanza resuena en su cabeza como un eco molesto: ¿Y a ella no le molesta que te tenga que compartir?
Alexander frunce el ceño. En diez años, él ha tenido muchas amantes. Mujeres de paso, transacciones físicas. Asume que Lucía también tiene una vida. Es joven, debe tener treinta y dos años ahora. ¿Tendrá amantes?
La idea le provoca una punzada extraña en el estómago. No son celos, se dice a sí mismo. Es territorialidad. Lucía lleva su apellido. Legalmente, es suya. La idea de que otro hombre toque a la mujer que lleva su apellido, aunque sea solo un contrato, le resulta... desagradable.
— Ridículo —masculla para sí mismo, terminando el whisky de un trago.
Está a punto de apagar la luz y sumergirse en las pocas horas de sueño que se permite, cuando su teléfono personal vibra sobre la mesita de noche. La pantalla se ilumina en la oscuridad.
Es un mensaje de su madre, Eleonor.
Alexander siente una tensión inmediata. Su madre nunca escribe a las tres de la mañana a menos que sea una catástrofe. Teme lo peor: que el abuelo haya muerto. Que la batalla legal por la herencia comience ya.
Desbloquea el teléfono y lee el mensaje. Se queda congelado, con el dedo suspendido sobre la pantalla.
[Ven al hospital ahora mismo. Es un milagro. Tu abuelo despertó]
Alexander suelta el aire que contenía. ¿Despertó? Después de diez años en coma profundo, los médicos decían que era imposible.
Entonces entra un segundo mensaje.
[Está preguntando por ti. Y exige conocer a tu esposa. Quiere ver a Lucía. Tráela contigo]
Alexander deja caer el teléfono sobre las sábanas de seda. Maldice en voz baja. El abuelo ha despertado y lo primero que quiere es inspeccionar el "feliz matrimonio" que aseguró su legado.
Tiene que encontrar a Lucía. Tiene que sacarla de donde sea que esté escondida, y convencerla de que finja ser la esposa enamorada que no es.
Y tiene que hacerlo antes de que salga el sol.
Alexander marca el número de Damián Rossi.
— Damián, despierta. Tenemos un código rojo. Prepara el coche. Vamos a buscar a mi esposa.






