Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.
Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.
Por: Aymara
PRÓLOGO

PRÓLOGO

Lucía se mira en el espejo de cuerpo entero, un rectángulo antiguo con el marco descascarado que cuelga en la pared de la pequeña habitación que alquila. El reflejo le devuelve la imagen de una mujer a punto de cumplir el sueño de su vida, aunque la sencillez del vestido diga lo contrario. El vestido no es de seda importada ni lleva incrustaciones de cristales; es un diseño modesto que ella misma encontró en oferta y arregló durante las noches de insomnio. Sin embargo, en ella, la sencillez se transforma en elegancia. El blanco resalta su piel suave, y el corte, aunque simple, abraza sus curvas con una delicadeza natural. Lucía es hermosa de una manera que no necesita adornos, con esa belleza limpia y honesta que ha sobrevivido a veintidós años de carencias.

Hoy es su gran día. Ha trabajado muy duro para llegar a este día. Cada centavo ahorrado en el frasco sobre la nevera, cada hora extra limpiando mesas o paseando perros, todo ha sido para esto. Para ellos.

— Estás preciosa, amiga —dice Alina, su única compañera fiel desde los tiempos del orfanato. Alina tiene los ojos brillantes mientras le acomoda un mechón rebelde detrás de la oreja—. Pero sigo pensando que no es justo.

Lucía sonríe, nerviosa, alisando la falda del vestido con las manos sudorosas.

— ¿Qué cosa?

— Que él haya tenido su despedida de soltero ayer y tú no —refunfuña Alina, ajustando el cierre—. Los chicos de la universidad le organizaron la gran fiesta y tú te quedaste aquí cosiendo el dobladillo.

Lucía siente una punzada leve en el estómago, pero la descarta de inmediato. Confía en Fernando. Ayer, cuando él pasó a despedirse, la besó con una urgencia que ella interpretó como amor. 

— Es solo una tradición, Lucía — le dijo él, con esa sonrisa de abogado encantador que le ha abierto tantas puertas. 

— Mañana seremos tú y yo contra el mundo. Te lo prometo — Le había dicho antes de salir por la puerta. 

— Se lo merece, Alina —responde Lucía, defendiéndolo como siempre lo ha hecho—. Ha estudiado tanto para conseguir su título. Ha sido mucha presión. Ahora que ya es abogado, todo será más fácil. Él prometió que ahora me toca a mí; podré empezar Veterinaria el próximo semestre. Es nuestro plan.

Alina no dice nada, pero su silencio es elocuente. Toman sus bolsos y salen del apartamento. El aire de la ciudad se siente pesado, cargado de humedad, como si el cielo estuviera conteniendo la respiración.

Suben a un taxi destartalado. Lucía hubiera preferido casarse en la pequeña capilla del orfanato Santa María, el lugar donde ambos crecieron, donde compartieron sus primeras risas y sus primeros miedos. Pero Fernando se negó rotundamente. 

— Lucía, quiero olvidar todo lo que tenga que ver con ese lugar — le dijo con una frialdad que la asustó. 

— Mi vida empieza ahora. Necesito una iglesia que esté a la altura de mi futuro — Por eso van rumbo a la Iglesia de San Judas, un templo imponente en una zona que apenas conocen.

El taxi se detiene. El corazón de Lucía late desbocado contra sus costillas.

— Llegamos —susurra.

Pero algo no encaja. Hay coches de lujo aparcados en la entrada y gente vestida con ropas de diseñador aglomerada en las escaleras. No reconocen a nadie. Lucía frunce el ceño.

— ¿Habrá otra boda antes de la nuestra? —pregunta, confundida—. Fernando dijo que reservó el horario de las cinco.

— Quédate aquí, no te bajes todavía —dice Alina, con el instinto protector activado—. Voy a ver qué pasa. Sabes que me encantan las historias de amor, iré a chismear.

Lucía asiente y espera en el taxi, contando los segundos. Observa a los invitados a lo lejos; parecen personas importantes, gente con dinero y poder. Se siente pequeña de repente con su vestido barato.

Alina regresa mucho antes de lo esperado. No trae la sonrisa pícara de siempre. Su rostro está pálido, desencajado, y sus movimientos son torpes al abrir la puerta del coche.

— Lucía... —murmura, y su voz tiembla.

— ¿Qué pasa? ¿Se retrasó la ceremonia anterior?

— No... no te lo puedo decir. Tienes que verlo por ti misma, porque si te lo cuento no me vas a creer.

El tono de su amiga le hiela la sangre. Lucía baja del taxi sin esperar más. Sus zapatos blancos golpean el asfalto con urgencia. Sube las escalinatas de piedra ignorando las miradas curiosas de los extraños que se quedan en el atrio. El portón principal está abierto.

La iglesia es inmensa, con vitrales que tiñen la luz de colores divinos. Y allí, al final del pasillo central, frente al altar dorado, hay una pareja. El sacerdote está hablando.

Lucía da unos pasos vacilantes hacia el interior, escondiéndose detrás de una columna de mármol. Entorna los ojos. La espalda del novio le resulta dolorosamente familiar. La forma en que inclina la cabeza, la postura de sus hombros... Es él. Es Fernando.

Pero la mujer a su lado no es ella.

La novia lleva un vestido de encaje francés con una cola interminable, una tiara de diamantes y un gran ramo de orquídeas.

La voz del sacerdote retumba en la acústica perfecta del templo, clavándose en el pecho de Lucía como un cuchillo.

—...Victoria Navarro, ¿acepta como esposo a Fernando Castillo, para amarlo y respetarlo, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?

Lucía siente que el suelo desaparece bajo sus pies. El zumbido en sus oídos es ensordecedor.

— Sí, acepto —responde la mujer, con una voz clara y segura.

— Y usted, Fernando Castillo —continúa el cura—, ¿acepta como esposa a Victoria Navarro...?

Lucía contiene el aliento, esperando que él se detenga, que diga que es un error, que busque a Lucía con la mirada. Pero Fernando no titubea.

— Sí, acepto.

El pequeño ramo de flores silvestres que Lucía sostenía con tanta ilusión se resbala de sus dedos y cae al suelo de piedra con un golpe sordo que nadie escucha, salvo ella. Abre y cierra los ojos repetidamente. «Despierta, Lucía. Es una pesadilla. Tienes que despertar». Pero el novio es real. La novia es real. La traición es real.

Se queda petrificada en la entrada, incapaz de moverse, como una estatua de dolor, viendo cómo el hombre por el que trabajó día y noche, doblando turnos y comiendo sobras para pagarle la carrera, besa a otra mujer.

La ceremonia termina. El órgano comienza a tocar una marcha nupcial triunfal. Los invitados aplauden y comienzan a salir. Lucía no se esconde. Ya no tiene fuerzas ni para la vergüenza. Se planta en medio del camino de salida.

Fernando avanza sonriente del brazo de Victoria, recibiendo felicitaciones, hasta que sus ojos se encuentran con los de ella. La sonrisa se le congela en el rostro. Por un segundo, hay sorpresa en su mirada, pero no arrepentimiento. Solo molestia.

Se detienen frente a ella.

— Fernando... —la voz de Lucía es un hilo roto—. ¿Qué es esto?

Fernando suspira, como si estuviera lidiando con un trámite burocrático molesto.

— Lucía... por favor. ¿En serio pensaste que me casaría contigo? —dice él, bajando la voz para no hacer un escándalo, pero con un tono cargado de veneno.

— Pero... lo teníamos todo planeado —balbucea ella, con las lágrimas comenzando a desbordarse—. Yo te apoyé... te di todo... pagué tu carrera… trabaje horas…  

Victoria, la flamante esposa, la mira de arriba abajo con una mueca de absoluto desprecio. Su mirada se detiene en el vestido sencillo de Lucía.

— Oh, Fernando —interrumpe ella con una risa cristalina y cruel—. ¿Y esta mujer quién es? ¡Ah! Déjame adivinar... ¿es la compañera de departamento de la que me hablaste? La huerfanita.

Lucía siente el insulto como una bofetada física. Mira a Fernando, esperando que la defienda, que diga la verdad. Pero él solo se encoge de hombros y aprieta el brazo de su esposa.

— Querida —le dice Fernando a Victoria, ignorando las lágrimas de Lucía—, uno tiene que saber cuándo encuentra oro. Y yo no lo iba a dejar pasar por... baratijas. Vámonos.

Pasan por su lado, rozando su hombro, y salen hacia la luz del atardecer sin mirar atrás ni una sola vez.

Alina aparece al lado de Lucía, tomándola del brazo con fuerza.

— Lucía, vámonos. No vale la pena llorar por ese patán asqueroso. ¡Es un monstruo!

— No... —susurra Lucía, con la mirada perdida en la puerta por donde salieron—. Me quiero quedar aquí un poco más. Necesito... necesito entender.

Alina mira su reloj con angustia.

— Amiga, te juro que me quedaría, pero si no llego al restaurante en veinte minutos pierdo el empleo, y sabes que no puedo permitirme eso. ¿Vienes conmigo? Te llevo a casa.

— Vete, Alina. Estaré bien. Solo necesito aire.

Alina la abraza fuerte, con culpa, y sale corriendo para buscar un autobús.

Lucía se queda sola. Lentamente, camina hacia el exterior. La felicidad de Fernando y Victoria ya se ha ido en una limusina blanca. Los invitados se han dispersado. La iglesia quedó vacía.

Empieza a llover. Primero unas gotas tímidas, luego un aguacero torrencial. Lucía no busca refugio. Camina hasta el borde de la acera y se sienta en el cordón de la vereda, sin importarle que el vestido blanco se manche de barro y agua sucia.

Está derrotada. Todo su esfuerzo, todos sus años de juventud, su dinero, su amor, su confianza... todo se ha ido por el desagüe en cuestión de minutos. Llora con el rostro entre las manos, mezclando sus lágrimas con la lluvia fría que le cala los huesos.

En ese momento, un coche negro, largo y lujoso, se detiene frente a la iglesia. Los faros cortan la oscuridad de la tormenta.

Del asiento trasero desciende un hombre. Es alto, impone presencia incluso bajo la lluvia. Lleva un traje oscuro hecho a medida que grita poder. Alexander de la Vega camina con paso firme hacia la entrada de la iglesia, protegiéndose apenas con la mano, pero se detiene en seco.

La ve.

Le parece una imagen surrealista: una novia llorando bajo la lluvia torrencial.

Alexander tiene prisa. Tiene las horas contadas. Debe estar casado antes de las doce de la noche o perderá el control de la empresa familiar y la herencia de su abuelo. Ha venido a esta iglesia buscando un milagro, una señal, o quizás solo un momento de silencio antes de perderlo todo. Pero algo en la desolación de esa chica le hace detenerse.

Se acerca unos pasos.

— ¿Qué sucedió? —pregunta. Su voz es grave, acostumbrada a dar órdenes, pero hay un matiz de curiosidad genuina.

Lucía levanta la cabeza. El rímel le corre por las mejillas, tiene el pelo pegado a la cara y los labios morados de frío. Lo mira sin verlo realmente.

— Me acaban de dejar plantada —responde con un hilo de voz, ronca de tanto llorar—. Se casó con otra... mientras yo esperaba.

Alexander siente una punzada de cinismo. El amor es una farsa, siempre lo ha sabido.

— Entonces ese hombre no la merece —dice él, con frialdad práctica.

— Probablemente —susurra ella, volviendo a ocultar el rostro en sus rodillas.

El joven magnate la observa un segundo más, luego gira sobre sus talones y entra en la iglesia vacía. Camina por el pasillo central, mirando el reloj en su muñeca. Las manecillas avanzan implacables. Son las seis de la tarde. Le quedan seis horas. Seis horas para encontrar una esposa o perderlo todo.

Mira el altar vacío. No hay novias mágicas esperando allí. No hay soluciones divinas. Golpea el banco de madera con frustración. «Maldita sea».

Da media vuelta y sale de nuevo a la lluvia. La chica sigue allí. No se ha movido ni un milímetro. Sigue vestida de blanco. Sigue desesperada.

Y entonces, la idea le golpea como un rayo. Es una locura. Es un riesgo incalculable. Pero Alexander de la Vega no llegó a la cima siendo prudente. Es un hombre de negocios, y sabe reconocer una oportunidad cuando la ve.

Ella necesita algo (consuelo, dinero, venganza, un techo). Él necesita una firma en un papel.

Camina hacia ella, esta vez con determinación. No le ofrece la mano para levantarla todavía. Se para frente a ella, bloqueando la lluvia con su cuerpo.

— ¿Cómo te llamas? —pregunta, exigiendo atención.

Lucía parpadea, confundida por la insistencia de este extraño.

— Lucía... —dice, temblando—. Lucía Flores.

Él asiente, registrando el nombre.

— Y yo soy Alexander de la Vega.

Ella lo mira, sin entender qué quiere de ella este hombre que parece salido de una revista de finanzas.

Alexander se agacha para quedar a su altura, sin importarle que sus pantalones de mil dólares toquen el suelo mojado. Clava sus ojos oscuros e intensos en los de ella.

— Lucía, tengo una propuesta de negocios para hacerte —dice él, con la seriedad de quien cierra un trato millonario—. Mírame. Ya tienes el vestido. Ya estamos aquí. No tienes nada que perder.

Lucía frunce el ceño, el frío le cala los huesos, pero la intensidad de él la mantiene alerta.

— ¿De qué está hablando?

— ¿Te quieres casar conmigo?

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