77. La ola del equilibrio
La mañana llegó sin prisa. Una fina cinta de luz se deslizó por la abertura de las cortinas, rozando el suelo de madera con un suave tono dorado. Emma despertó primero, no por una alarma ni por una inquietud persistente, sino por una simple conciencia: no estaba sola, y no tenía ningún deseo de moverse.
James dormía a su lado, su respiración constante, su rostro en calma. Emma observó la línea de su mandíbula, su cabello ligeramente despeinado, las finas arrugas en las comisuras de sus ojos que