51. El nombre que no desaparecerá
El cielo de la tarde sobre el hospital lucía apagado. La lluvia acababa de cesar, dejando restos de gotas en la ventana de la habitación donde Emma descansaba. El aroma del antiséptico se mezclaba suavemente con la fragancia de los lirios que James había colocado sobre la mesita junto a la cama —las flores favoritas de Emma, decía él, para que la habitación no se sintiera demasiado fría.
Emma contemplaba al pequeño en sus brazos. Su piel era suave, sus mejillas ligeramente rosadas, los ojos cer