Samir llegó al parque en cincuenta y tres minutos. Había conducido a través de la ciudad como si los semáforos fueran sugerencias en lugar de leyes, con el corazón martilleándole en el pecho y las manos sudando sobre el volante de cuero.
Encontró a Ella sentada en una banca bajo un árbol cuyas hojas proyectaban sombras danzantes sobre su rostro. Sostenía un sobre manila contra su pecho como si fuera armadura. Sus ojos estaban rojos pero secos. Había pasado del territorio de las lágrimas a algo