Samir se encontraba solo en su lúgubre oficina, mientras las pesadas cortinas fragmentaban los neones de la ciudad al otro lado del cristal. Lentamente, tomó el móvil de la mesa; sus yemas se deslizaron sobre la gélida pantalla. El tenue brillo de la pantalla iluminó su rostro demacrado por el cansancio, revelando también la carita inocente de Sophia.
Era la foto de su hija, abrazando con fuerza el oso de peluche que él le había comprado para verla feliz, sonriendo a la cámara hasta entrecerrar