En el departamento de Samir solo resonaba el tictac del reloj de pared antiguo que había pertenecido a su abuelo. La luz de la tarde se filtraba a través de los ventanales de piso a techo, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de mármol italiano que alguna vez había considerado símbolo de éxito y ahora solo le parecía frío, vacío, carente de la calidez que una casa verdadera debería tener.
Se había quedado inmóvil en el sofá de cuero durante horas, con la chaqueta de su traje arrugada a