El aire en el estudio parecía haberse congelado. Tras la partida de Don Octavio, solo quedaba un silencio cercano a la desolación. Samir contemplaba sobre el escritorio aquel testamento que su padre había utilizado como una cadena, y lo encontraba profundamente irónico.
Una semana después, Eira apareció frente a él. Llevaba un largo abrigo negro; su figura era recta y delgada, como si un fuerte viento pudiera quebrarla. Se sentó frente a Samir con las manos entrelazadas sobre el regazo, fijando