El caos estalla en el pasillo del hospital, como si todo el mundo hubiese dejado de respirar al mismo tiempo.
Los gritos de los paramédicos cortan el aire, las ruedas de la camilla golpean contra el suelo con violencia, y el pitido irregular del monitor se clava en los oídos como un eco de urgencia.
Lucy se queda inmóvil, de pie, como una estatua rota en medio del torbellino.
Sus manos tiemblan, sus ojos están fijos en el rostro desvanecido de la mujer tendida en la camilla.
La palidez de su