El hospital estaba iluminado con un blanco casi cegador, el olor a desinfectante impregnando el aire.
Lucy yacía en la camilla, aún pálida, con las manos apoyadas sobre su vientre como si de esa forma pudiera protegerlo de todo lo que estaba ocurriendo.
Sentía frío a pesar de la manta que la cubría; no era un frío físico, sino ese que nace del miedo y se extiende por la piel como hielo.
Sawyer no se había movido de su lado en ningún momento.
Tenía una mano entrelazada con la de ella y la otr