El pasillo del hospital está casi en silencio, roto solo por el sonido lejano de un monitor cardíaco y el ruido de un carrito de enfermería al fondo.
Las luces blancas, frías, hacen que el lugar parezca suspendido en el tiempo.
Lucy camina junto a Sawyer, su mano rozando la de él de manera casi imperceptible.
No es un gesto casual, sino una necesidad de sentir que está ahí, real, después de la cirugía, después del triunfo de Erzon, después de la avalancha de emociones de los últimos días.
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