El reloj del vestíbulo marcaba las nueve y media de la noche cuando Kenneth Jenkins salió del hotel Campbell.
La lluvia había comenzado a caer otra vez, una llovizna fría, persistente, que parecía empeñada en limpiar el aire de todo rastro de humanidad.
Caminaba deprisa hacia su coche, con el cuello del abrigo levantado y el corazón latiendo con una incomodidad que no lograba disimular.
Había tenido días peores.
Eso se repetía mientras abría la puerta del vehículo y encendía el motor.
Pero po